sábado, 19 de diciembre de 2015

LAS FUENTES DE LA FELICIDAD

2. Hace dos años, una amiga mía tuvo un inesperado golpe de suerte. Dieciocho meses antes de tenerlo había dejado su trabajo como enfermera para asociarse con dos amigos en una pequeña empresa de servicios sanitarios. El nuevo negocio tuvo un éxito fulgurante y, al cabo de dieciocho meses, fue adquirido por una gran empresa, que les pagó una enorme suma. Tras unos inicios modestos, mi amiga entró en posesión de un patrimonio que le permitió 
retirarse a la edad de treinta y dos años. La vi no hace mucho y le pregunté cómo disfrutaba de su jubilación 
anticipada.

-Bueno -me contestó-, es magnífico poder viajar y hacer todas las cosas que siempre he deseado. Sin embargo -añadió-, aunque parezca extraño, después del entusiasmo por haber ganado tanto dinero, todo volvió más o menos a la normalidad. Claro que ahora tengo una casa nueva y muchas más cosas, pero en conjunto no creo que sea mucho más feliz que antes.

Aproximadamente por la misma época en que mi amiga obtenía sus inesperados beneficios, otro amigo mío de la misma edad descubrió que era seropositivo. Hablamos acerca de cómo afrontaba su nueva situación.

-Naturalmente, al principio estaba desolado -me dijo-. Y tardé casi un año en aceptar el hecho de que tenía el virus del sida. Pero las cosas han cambiado este último año. Tengo la impresión de que cada día recibo mucho más que antes y me siento mas feliz que nunca. Parece como si hubiera aprendido a apreciar las cosas cotidianas y me siento agradecido por el hecho de que, hasta el momento, no haya desarrollado ningún síntoma grave y pueda disfrutar realmente de las cosas que tengo. Y aunque, desde luego, preferiría no ser seropositivo, tengo que admitir que eso ha 
transformado mi vida en algunos aspectos... y favorablemente.

-¿De qué forma? -le pregunté. 
-Bueno, siempre he mostrado tendencia a ser un consumado materialista. Durante el pasado año, sin embargo, el hecho de haberme reconciliado con mi destino me dio acceso a un mundo completamente nuevo. Por primera vez en mi vida he empezado a explorar la espiritualidad a leer muchos libros sobre el tema y hablar con la gente..., a descubrir muchas cosas que antes ni siquiera imaginaba que existieran. Eso hace que me sienta muy animado simplemente al levantarme por la mañana, ansiando ver qué traerá el nuevo día.

Estas dos personas ilustran una cuestión esencial: que la felicidad está determinada más por el estado mental que por los acontecimientos externos. El éxito puede dar como resultado una sensación temporal de regocijo, o la tragedia puede arrojamos a un período de depresión, pero nuestro estado de ánimo tiende a recuperar tarde o temprano un cierto tono normal. Los psicólogos llaman «adaptación» a este proceso, y todos podemos observar cómo actúa en nuestra vida cotidiana: un aumento de sueldo, un coche nuevo o el reconocimiento por parte de nuestros semejantes 
pueden levantar nuestro ánimo durante un tiempo, pero no tardamos en regresar a nuestro nivel habitual. Del mismo modo, la discusión con un amigo, el tener que dejar el coche en el taller o algún contratiempo nos deja abatidos, pero nos volvemos a animar en cuestión de días.

Esta tendencia no se limita a ser una respuesta a hechos triviales, sino que se muestra en condiciones más extremas de triunfo o de desastre. Las investigaciones realizadas con los ganadores de la lotería estatal de Illinois o la lotería británica descubrieron que el entusiasmo inicial terminaba por desaparecer y los individuos regresaban a su estado de animo habitual. Otros estudios han demostrado que incluso quienes se han visto afectados por acontecimientos catastróficos, como el cáncer, la ceguera o la parálisis, suelen recuperar o aproximarse mucho a su nivel anímico normal después de un período de adaptación.

Así pues, si siempre regresamos a nuestro nivel habitual, con independencia de las condiciones externas que nos afectan, ¿qué es lo que determina ese nivel habitual? Y, lo que es más importante '¿se puede modificar este y establecer un nivel superior? Recientemente, algunos Investigadores han argumentado que el nivel de bienestar de cada individuo está determinado genéticamente, al menos hasta cierto punto: estudios como el que ha descubierto que los gemelos univitelinos o idénticos (que comparten la misma dotación genética) tienden a mostrar niveles anímicos muy similares, al margen de que fueran educados juntos o separados, han inducido a los investigadores a postular la existencia de una tendencia determinada biológicamente, presente ya en el cerebro en el momento de nacer. 
Pero aunque la dotación genética tuviera un papel en la felicidad cuya importancia aún no se ha establecido, la mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que, al margen de ella, podemos trabajar con el «factor mental» e intensificar las sensaciones que tenemos de felicidad. Ello se debe a que nuestra felicidad cotidiana está determinada en buena medida por nuestra perspectiva. De hecho, que nos sintamos felices o desdichados en un momento determinado frecuentemente tiene que ver sobre todo con la forma de percibir nuestra situación, con lo satisfechos que nos sintamos con lo que tenemos actualmente.

LA MENTE QUE COMPARA.
¿Qué define nuestra percepción y nivel de satisfacción? Esas sensaciones están fuertemente influidas por nuestra tendencia a comparar. Al comparar nuestra situación actual con nuestro pasado y descubrir que estamos mejor, nos sentimos felices. Eso sucede cuando nuestros ingresos saltan, por ejemplo, de 20.000 a 30.000 dólares anuales; pero 
no es la cantidad absoluta lo que nos hace felices, como descubrimos en cuanto nos acostumbramos a los nuevos ingresos y ciframos nuestra felicidad en la consecución de 40.000 dólares anuales. Miramos también a nuestro alrededor y nos comparamos con los demás. Por mucho que ganemos, tendemos a sentimos insatisfechos si el vecino está ganando más. Los atletas profesionales se quejan de ganar sólo uno, dos o tres millones de dólares cuando se citan los ingresos superiores de un compañero de equipo. Esta tendencia parece apoyar la definición de H. L. Mencken de un hombre rico: alguien que gana cien dólares más que el marido de su cuñada. 
Vemos, pues, que nuestros sentimientos de satisfacción dependen a menudo de tales comparaciones. Naturalmente, también las establecemos respecto a otras cosas. La comparación constante con quienes son más listos, más atractivos y obtienen más triunfos que nosotros tiende a alimentar la envidia, la frustración y la infelicidad. Pero también podemos utilizar esta actitud de una forma positiva; es posible intensificar nuestra sensación de satisfacción vital paragonándonos con aquellos que son menos afortunados y apreciando lo que poseemos.

Los investigadores han llevado a cabo una serie de experimentos que demuestran que el nivel de satisfacción vital se eleva al cambiar simplemente la perspectiva y considerar situaciones peores. Durante un estudio se mostró a mujeres de la Universidad de Wisconsin, en Milwaukee, imágenes de las condiciones de vida extremadamente duras reinantes en dicha ciudad a principios de siglo, o se les pidió que imaginaran y escribieran sobre hipotéticas tragedias personales, como resultar quemadas o desfiguradas. Después de esto, se pidió a las mujeres que calificaran la calidad de sus vidas. El ejercicio tuvo como resultado un incremento de satisfacción en su juicio. En otro experimento, llevado a cabo en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, se pidió a los sujetos que completaran la frase «Me siento 
contento de no ser un...». Tras haber repetido cinco veces este ejercicio, los sujetos experimentaron un claro aumento de su sensación de satisfacción vital. Los investigadores pidieron a otro grupo que completara la frase «Desearía ser...». Esta vez, el experimento dejó a los sujetos más insatisfechos con sus vidas. 
Estos experimentos, que muestran que podemos aumentar o disminuir nuestra sensación de satisfacción cambiando nuestra perspectiva, indican con claridad el papel de la actitud mental.

El Dalai Lama explica: 
-Aunque es posible alcanzar la felicidad, ésta no es algo simple. Existen muchos niveles. En el budismo, por ejemplo, se hace referencia a los cuatro factores de la realización o felicidad: riqueza, satisfacción mundana, espiritualidad e iluminación. Juntos, abarcan la totalidad de las expectativas de felicidad de un individuo. Dejemos de lado por un momento las más altas aspiraciones religiosas o espirituales, como la perfección y la iluminación, y abordemos la alegría y la felicidad tal como las entendemos desde una perspectiva mundana. Dentro de este contexto, hay ciertos elementos clave que contribuyen a la alegría y la felicidad. La buena salud, por ejemplo, se considera un elemento necesario de una vida feliz. Otra fuente de felicidad son nuestras posesiones materiales o el grado de riqueza que acumulamos. Y también tener amistades o compañeros. Todos reconocemos que, para disfrutar de una vida plena, necesitamos de un círculo de amigos con los que podamos relacionamos emocionalmente y en los que podamos confiar. 
»Todos estos factores son, de hecho, fuentes de felicidad. Pero para que un individuo pueda utilizarlos plenamente con el propósito de disfrutar de una vida feliz y realizada, la clave se encuentra en el estado de ánimo. Es lo esencial.

»Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, como la riqueza o la buena salud, éstas pueden transformarse en factores que contribuyan a alcanzar una vida más feliz. Y, naturalmente, disfrutamos de nuestras posesiones materiales, éxito, etcétera. Pero sin la actitud mental correcta, sin atención a ese factor, esas cosas tienen 
muy poco impacto sobre nuestros sentimientos a largo plazo«.

Si, por ejemplo, se abrigan sentimientos de odio o de 
intensa cólera se quebranta la salud, destruyendo así una de las circunstancias favorables. Cuando uno se siente infeliz o frustrado, el bienestar físico no sirve de mucha ayuda. Por otro lado, si se logra mantener un estado mental sereno y pacífico, se puede ser una persona feliz aunque se tenga una salud deficiente. Aun teniendo posesiones maravillosas, en un momento intenso de cólera o de odio nos gustaría tirado todo por la borda, romperlo todo. En ese 
momento, las posesiones no significan nada. 
En la actualidad hay sociedades materialmente muy desarrolladas en las que mucha gente no se siente feliz. Por debajo de la brillante superficie de opulencia hay una especie de inquietud que conduce a la frustración, a peleas innecesarias, a la dependencia de las drogas o del alcohol y, en el peor de los casos, al suicidio. No existe, pues, garantía alguna de que la riqueza pueda proporcionar, por sí sola, la alegría o la 
satisfacción que se buscan. Lo mismo cabe decir de los amigos. Desde el punto de vista de la cólera o el odio, hasta el amigo más íntimo parece glacial y distante. 
»Todo esto muestra la tremenda influencia que tiene el estado mental sobre nuestra experiencia cotidiana«. Por tanto, debemos tomamos ese factor muy seriamente. 
»Así pues, dejando aparte la perspectiva de la práctica espiritual, incluso en los términos mundanos del disfrute de la existencia, cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz«.

El Dalai Lama hizo una pausa para dejar que esa idea se asentara en mi mente, antes de añadir: -Debería señalar que cuando hablamos de un estado mental sereno, de paz mental: no debiéramos confundirlo con un estado mental insensible y apático. Tener un estado mental sereno o pacífico no significa permanecer distanciado o vacío. La paz mental o el estado de serenidad de la mente tiene sus raíces en el afecto y la compasión, supone un elevado nivel de 
sensibilidad y sentimiento. 
Luego, a modo de síntesis, concluyó: 
-Cuando se carece de la disciplina interna que produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que estas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Por otro lado, si se posee esta cualidad interna: la serenidad mental y estabilidad interior, es posible tener una vida gozosa, aunque 
falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

SATISFACCIÓN INTERIOR
Una tarde, al cruzar el aparcamiento del hotel para reunirme con el Dalai Lama, me detuve para admirar un Toyota Land Cruiser totalmente nuevo, el tipo de coche que deseaba tener desde hacía mucho tiempo. Al empezar la sesión poco más tarde, sin dejar de pensar en el coche, le pregunté al Dalai Lama: 
-A veces parece como si toda nuestra cultura, la cultura occidental, se basara en la compra; nos hallamos rodeados, bombardeados por anuncios referidos a los objetos que deberíamos comprar, el último modelo de coche, etcétera. 
Resulta difícil no dejarse influir por eso. Hay muchas cosas que deseamos. Eso no parece detenerse nunca. ¿Puede hablarme un poco sobre el deseo? 
-Creo que hay dos clases de deseo -contestó el Dalai Lama-. 
Ciertos deseos son positivos. El deseo de felicidad, por ejemplo, es algo absolutamente correcto. El deseo de paz, de vivir en un mundo más armonioso, más acogedor. 
Ciertos deseos son muy útiles. 
Pero se llega a un punto en que los deseos pueden ser insensatos. Eso suele producir problemas. Ahora, por ejemplo, voy a veces al supermercado. Realmente, me encanta ir al supermercado, porque hay muchas cosas hermosas. Así que cuando miro todos esos artículos se despierta en mí el deseo y me digo: ".Quiero esto, quiero aquello". Y es entonces cuando surge un segundo impulso y me pregunto: “Pero ¿lo necesito realmente?".
Habitualmente, la respuesta es negativa. Si uno se deja llevar por el primer deseo, por ese impulso inicial, los bolsillos no tardan en quedar vacíos. No obstante, el otro nivel de deseo, basado en las necesidades esenciales de alimento, vestido y cobijo, es razonable.

»A veces, que un deseo sea excesivo, negativo, depende de las circunstancias o de la sociedad en la que se vive«. Por ejemplo, si vives en una sociedad próspera, donde necesitas un coche para desenvolverte en tu vida cotidiana, es evidente que no hay nada erróneo en desearlo. Pero si vivieras en un pueblo pobre de la India, donde te las puedes arreglar bastante bien sin coche, deserlo podría ocasionarte problemas, aunque tuvieras dinero para comprarlo. Puede crear un sentimiento de incomodidad entre tus vecinos, etcétera. Si vives en una sociedad más próspera y 
tienes un coche pero sigues deseando otros más caros, llegarás a tener la misma clase de problemas. 
-Pero -argumenté- no comprendo por qué desear o comprar un coche más caro puede producirle problemas al individuo, siempre y cuando se lo pueda permitir. Tener un coche más caro que los vecinos puede ser un problema para ellos si se sienten celosos, pero , al poseedor le proporcionará una sensación de satisfacción y gozo. 
El Dalai Lama negó con un gesto de la cabeza y replicó con firmeza: 
-No... La satisfacción, por sí sola, no puede determinar si un deseo o acción es positivo o negativo. Un asesino puede experimentar una sensación de satisfacción en el momento de cometer el asesinato, pero eso no justifica su acto. 
Todas las acciones no virtuosas, como mentir, robar, cometer adulterio, etcétera, son realizadas por personas que en ese momento pueden experimentar satisfacción. La frontera entre lo negativo y lo positivo de un deseo o acción no viene determinada por la satisfacción inmediata, sino por los resultados finales, por las consecuencias positivas o negativas. En el caso de desear posesiones más caras, por ejemplo, si eso se basa en una actitud mental que sólo desea más y más, llegarás finalmente al límite de lo que puedes tener, te encontrarás con la realidad. Y una vez que llegues a ese límite te hundirás en la depresión. Ese es uno de los peligros inherentes a semejantes deseos. 
Así pues, creo que estos deseos excesivos conducen a la avaricia, basada en expectativas desmesuradas. Y al reflexionar sobre los excesos de la avaricia, descubrirás que conduce al individuo a la frustración y la desilusión, que le acarrea confusión y numerosos problemas. Cuando se habla de la avaricia, una cosa bastante característica de ella es que, aunque se llega por el deseo de obtener algo, no quedas satisfecho al obtenerlo. En consecuencia, se transforma en algo ilimitado y sin fondo, por lo que proliferan las dificultades. Lo irónico de la avaricia es que aun cuando la motivación fundamental es la búsqueda de la satisfacción, no te sientes satisfecho ni siquiera después de conseguir el objeto de tu deseo. El verdadero antídoto de la avaricia es el contento. Si vives contento, la consecución de bienes pierde importancia.

¿Cómo podemos alcanzar, por tanto, satisfacción interior? Hay dos métodos. Uno de ellos consiste en obtener todo aquello que deseamos y queremos, el dinero, las casas, los coches, la pareja y el cuerpo perfectos. El Dalai Lama ya había señalado la desventaja de este enfoque; si no controlamos nuestros deseos, tarde o temprano nos encontraremos con algo que deseamos pero no podemos tener. El segundo método, mucho más fiable, consiste en querer y apreciar lo que tenemos.

La otra noche veía en la televisión una entrevista con Christopher Reeve, el actor que en 1994 sufrió una caída de caballo que le produjo una lesión en la espina dorsal y lo dejó paralítico de la cintura para abajo, lo que le exige incluso utilizar un método mecánico para respirar. Al preguntársele cómo afrontó la depresión provocada por su discapacidad, Reeve reveló que había pasado por un breve período de completa 
desesperación, mientras se hallaba en la unidad de cuidados intensivos del hospital. Sin embargo, esa desesperación se disipó con relativa rapidez, y ahora se considera sinceramente «un tipo afortunado». Habló de la fortuna que suponía para él tener una esposa y unos hijos cariñosos, y también agradeció los rápidos progresos de la medicina moderna (que, en su opinión, encontrará una cura para las lesiones de la espina dorsal dentro de la próxima década); afirmó que si hubiese sufrido el accidente unos pocos años antes, probablemente habría muerto como consecuencia de sus heridas. Mientras describía el proceso de adaptación a la parálisis, Reeve dijo que a pesar de que su desesperación desapareció con bastante rapidez, al principio se sintió preocupado por accesos intermitentes de celos ante comentarios tan inocentes como «Subo corriendo a la habitación a recoger algo». Al aprender a afrontar estos sentimientos «me di cuenta de que la única actitud válida en la vida es apoyarte en tus recursos, ver qué es lo que puedes hacer aún; en mi caso, afortunadamente, no había sufrido ningún daño cerebral, de modo que aún podía utilizar mi mente». Al dar valor a sus aptitudes, Reeve ha decidido utilizar su mente para educar al público acerca de los daños de la médula espinal y ayudar a los demás; además proyecta escribir y dirigir películas.

VALOR INTERIOR
Ya hemos visto que trabajar en nuestra perspectiva mental es un medio más efectivo para alcanzar la felicidad que buscarla en fuentes externas, como la riqueza, la posición y hasta la salud. Otra fuente interna de felicidad, estrechamente relacionada con un sentimiento de satisfacción, es la conciencia del propio valor. Al describir la base más fiable para desarrollar esa conciencia, el Dalai Lama explicó: 
-En mi caso, por ejemplo, Supongamos que no tuviera capacidad para hacer buenos amigos con facilidad. Sin ella me habría sido muy difícil convertirme en un refugiado una vez que perdí mi país cuando terminó mi autoridad en el Tíbet.
Mientras estaba allí, en virtud del sistema político, la figura del Dalai Lama inspiraba cierto respeto y la gente se relacionaba conmigo en consonancia con ello, al margen de que sintieran verdadero afecto por mí o no. Pero si ésa hubiera sido la única base de mi relación con la gente, las cosas me habrían resultado extremadamente difíciles cuando abandoné mi país. Pero existe otra fuente de valor y dignidad a partir de la cual puede uno relacionarse con otros seres humanos. Puedes relacionarte con ellos porque perteneces a la comunidad humana. Compartes ese 
vínculo con todos. Y ese vínculo es suficiente para crear una conciencia de valor y dignidad y puede convertirse en un consuelo en el caso de que pierdas todo lo demás. 
El Dalai Lama se detuvo un momento para tomar un sorbo de té, y luego sacudió la cabeza antes de añadir:
-Desgraciadamente, al examinar la historia encontramos casos de emperadores o reyes del pasado que perdieron su posición debido a un cataclismo político y se vieron obligados a abandonar el país. Posteriormente, la vida no fue muy benigna con ellos. Creo que la vida resulta muy dura sin ese sentimiento de afecto y conexión con los demás seres 
humanos. 
»En términos generales encontramos dos clases de individuos poderosos. Por un lado está la persona enriquecida y de éxito, rodeada de parientes, etcétera. Si la fuente en la que esa persona alimenta su dignidad y autoestima es únicamente material, quizá pueda mantener una sensación de seguridad mientras dure su buena fortuna. Pero cuando se desvanezca ésta, la persona sufrirá, porque no hay para ella ningún otro refugio. Por otro lado, tenemos a 
la persona que disfruta de un bienestar material similar pero es cálida y afectuosa y abriga sentimientos compasivos. 
Al tener otra fuente para su dignidad, otro anclaje, es probable que no se sienta deprimida si de pronto desaparece su fortuna«. Estos ejemplos nos muestran el valor práctico del calor y el afecto humanos.

FELICIDAD ANTE PLACER
Varios meses después del ciclo de conferencias del Dalai Lama en Arizona, lo visité en su hogar de Dharamsala. Era una tarde de julio particularmente calurosa y húmeda y llegué a su casa empapado en sudor, después de un corto desplazamiento desde el pueblo. Al proceder yo de un clima seco, la humedad de ese día me resultó casi insoportable y mi estado de ánimo no era el más adecuado para sentarme e iniciar nuestra conversación. Él, por su parte, parecía sentirse muy animado. Poco después de iniciada la conversación, abordó el tema del placer. En un momento determinado, hizo una observación crucial: 
-Hay veces en que la gente confunde felicidad con placer. Hace no mucho tiempo, por ejemplo, pronuncié una conferencia ante un público indio en Rajpur. Dije que el propósito de la vida era la felicidad; un miembro del público señaló que Rajneesch enseña que nuestro momento más feliz se produce durante la actividad sexual, de modo que uno debe ser más feliz a través del sexo. -El Dalai Lama se echó a reír cordialmente-. Quería saber qué pensaba yo de esa idea. Le contesté que, desde mi punto de vista, la felicidad más alta se produce al llegar a la fase de liberación, en la que ya no existe más sufrimiento. Eso sí que es felicidad duradera. La auténtica felicidad se relaciona más con la mente que con el corazón. La felicidad que depende principalmente del placer físico es inestable; un día existe y al día siguiente puede haber desaparecido. 
Parecía una observación un tanto perogrullesca (obvia); claro que la felicidad y el placer eran dos cosas diferentes. Sin embargo, los seres humanos tenemos tendencia a confundirlas. Poco después de mi regreso a casa, durante una sesión de terapia con una paciente, me encontré con una demostración concreta de lo eficaz que puede llegar a ser esa sencilla toma de conciencia.

Heather es una joven soltera que trabaja como asesora personal en la zona de Phoenix. Aunque disfrutaba de su trabajo con jóvenes problemáticos, ya hacía algún tiempo que se sentía insatisfecha de vivir, en la zona. Se quejaba a menudo del crecimiento demográfico, el trafico y el calor opresivo del verano. Se le había ofrecido un puesto de trabajo en una hermosa y pequeña ciudad en las montañas. Había visitado la ciudad en numerosas ocasiones y siempre había soñado en instalarse allí. La oferta habría sido irresistible de no mediar un inconveniente: su clientela 
sería gente adulta. Llevaba ya varias semanas tratando de decidirse. Intentó hacer una lista de las ventajas e inconvenientes, pero el resultado fue fastidiosamente equilibrado. -Sé que no disfrutaría del trabajo tanto como aquí -me dijo-, pero eso podría quedar más que compensado por el placer de vivir en ese pueblo. Me encanta estar allí, el simple hecho de estar hace que me sienta bien. Por otro lado, estoy muy harta de este calor. Simplemente, no sé qué 
hacer. 
La palabra «placer» me recordó las palabras del Dalai Lama y, a modo de tanteo, le pregunté: -¿Cree usted que vivir en ese lugar le proporcionaría mayor felicidad o mayor placer? 
Ella permaneció un momento en silencio. 
-No lo sé -contestó finalmente-. Mire, creo que me produciría más placer que felicidad... En realidad, no creo que me sintiera realmente feliz trabajando con esa clientela. Tengo mucha satisfacción al trabajar con adolescentes. 
El simple hecho de volver a plantear su dilema en términos de felicidad o placer pareció proporcionarle mucha claridad. De repente, le resultó mucho más fácil tomar una decisión. Se quedó en Phoenix. Naturalmente, sigue quejándose del calor del verano. Pero el hecho de haber tomado una decisión sobre la base de consideraciones más precisas contribuyó a hacerla más feliz y a que el calor le resultara más soportable. 

Todos los días nos enfrentamos con numerosas alternativas y, por mucho que lo intentemos, a menudo no elegimos lo que es «bueno para nosotros». Ello está relacionado en parte con el hecho de que la «elección correcta» a menudo supone sacrificar nuestro placer. 

Los hombres siempre se han esforzado por tratar de definir el papel del placer en nuestras vidas, y toda una legión de filósofos, teólogos y psicólogos han explorado nuestra relación con él. En el siglo III a. de c., Epicuro basó su sistema ético en la osada afirmación de que «el placer es el principio y el fin de la vida bienaventurada». Pero incluso él reconoció la importancia del sentido común y la moderación al admitir que la entrega desaforada a los placeres 
sensuales podía conducir a veces al dolor. En los últimos años del siglo XIX, Sigmund Freud formuló sus teorías sobre el placer. Según Freud, la fuerza motivadora fundamental de todo el aparato psíquico era el deseo de aliviar la tensión causada por los impulsos instintivos insatisfechos; en otras palabras, nuestra motivación fundamental es la búsqueda 
de placer. En el siglo XX, muchos investigadores han preferido soslayar las especulaciones filosóficas y se han dedicado a hurgar en las regiones cerebrales límbica y del hipotálamo, mediante el uso de electrodos, a la búsqueda del lugar donde se produce placer cuando hay estimulación eléctrica. 

En realidad, ninguno de nosotros necesita de filósofos, psicoanalistas o científicos para que nos ayuden a comprender qué es el placer. Lo sabemos cuando lo sentimos. Lo reconocemos en el contacto o la sonrisa de un ser querido, en el lujo de un baño caliente en una tarde lluviosa y fría, en la belleza de una puesta de sol. Pero muchos de nosotros también experimentamos placer en la frenética rapsodia de la cocaína, en el éxtasis de un «viaje» de heroína, en la 
diversión tumultuosa de una juerga llena de alcohol, en el arrobamiento (éxtasis) de los excesos sexuales, en el entusiasmo de un acierto en el juego. Ésos también son placeres muy reales, con los que muchos de nosotros aprendemos a convivir. 

Aunque no hay formas fáciles de evitar estos placeres destructivos, disponemos afortunadamente de una certeza como punto de partida: el simple hecho de recordar que lo que buscamos en la vida es la felicidad. Tal como señala el Dalai Lama, ése es un hecho incontestable. Si afrontamos la vida teniéndolo en cuenta, nos será más fácil renunciar a las cosas que, en último término, son nocivas, aunque nos proporcionen un placer momentáneo. La razón por la que suele ser tan difícil decir «no» se encuentra en la misma palabra «no», asociada a ideas de rechazo, de renuncia, de negación de nosotros mismos. 
Pero existe un enfoque que puede ayudamos: enmarcar cualquier decisión que afrontemos preguntándonos: «¿Me 
producirá felicidad?». Esa simple pregunta puede ser una poderosa ayuda en todas las circunstancias: no sólo en la decisión sobre consumir drogas o tomar esa tercera ración de pastel de plátanos con crema; contribuye a enfocarlo todo desde un ángulo distinto.
Al afrontar nuestras decisiones cotidianas teniendo esto en cuenta, desplazamos el centro de atención, de aquello a lo que renunciamos a la búsqueda de la felicidad definitiva. Una clase de felicidad que, como definió el Dalai Lama, sea estable y persistente. Un estado de felicidad que permanezca, a pesar de los 
altibajos de la vida y de las fluctuaciones de nuestro estado de ánimo, como parte de la matriz misma de nuestro ser. 

Desde esa perspectiva nos resultará más fácil tomar la «decisión correcta» porque estaremos actuando para dotarnos de algo permanente, con una actitud que supone moverse hacia algo, en lugar de alejarse, que significa abrazar la vida en lugar de rechazarla. Este movimiento hacia la felicidad puede tener un efecto muy profundo: puede hacernos más receptivos, más abiertos a la alegría de vivir.

— Howard C.Cutler. M.D. ; "Dalai Lama: El Arte de la Felicidad" —

viernes, 18 de diciembre de 2015

EL DERECHO A LA FELICIDAD

«CREO QUE EL PROPÓSITO fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad. Tanto si se tienen creencias religiosas como si no, si se cree en tal o cual religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Así pues, creo que el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad.»

Con estas palabras, pronunciadas ante numeroso público en Arizona, el Dalai Lama abordó el núcleo de su mensaje.
Pero la afirmación de que el propósito de la vida es la felicidad me planteó una cuestión. Más tarde, cuando nos hallábamos a solas, le pregunté:
-¿Es usted feliz?
-Sí -me contestó y, tras una pausa, añadió-: .Sí..., definitivamente. Había sinceridad en su voz, de eso no cabía duda, una sinceridad que se reflejaba en su expresión y en sus ojos.
-Pero ¿es la felicidad un objetivo razonable para la
mayoría de nosotros? -pregunté-. ¿Es realmente posible alcanzarla?
-Sí. Estoy convencido de que se puede alcanzar
la felicidad mediante el entrenamiento de la mente.

Desde un nivel humano básico, he considerado la felicidad como un objetivo alcanzable, pero como psiquiatra me he sentido obligado por observaciones como las de Freud: «Uno se siente inclinado a pensar que la pretensión de que el hombre sea "feliz" no está incluida en el plan de la “Creación”.
Este tipo de formación había llevado a muchos psiquiatras a la tremenda conclusión de que lo máximo que cabía esperar era la transformación de la desdicha histérica en la infelicidad común. Desde ese punto de vista la afirmación de que existía un camino claramente definido que conducía a la felicidad parecía bastante radical. Al contemplar retrospectivamente mis años de formación psiquiátrica, apenas recordaba haber escuchado mencionar la palabra «felicidad», ni siquiera como objetivo terapéutico. Naturalmente, se habla mucho de aliviar los síntomas de depresión o ansiedad del paciente, de resolver los conflictos internos o los problemas de relación, pero nunca con el objetivo expreso de alcanzar la felicidad.

El concepto de felicidad siempre ha parecido estar mal definido en Occidente, siempre ha sido elusivo e inasible (casi imposible de comprender por ser muy sutil).
«Feliz», en inglés, deriva de la palabra Islandesa happ, que significa suerte o azar. Al parecer, este punto de vista sobre la naturaleza misteriosa de la felicidad está muy extendido., En los momentos de alegría que trae la vida, la felicidad parece llovida del cielo. Para mi mente occidental, no se trataba de algo que se pueda desarrollar y mantener dedicándose simplemente a «formar la mente».

Al plantear esta objeción, el Dalai Lama se apresuró a explicar:
-Al decir «entrenamiento de la mente» en este contexto no me estoy refiriendo a la «mente» simplemente como una capacidad cognitiva o Intelecto. Utilizo el término más bien en el sentido de la palabra tibetana Sem, que tiene un significado mucho más amplio más cercano al de «psique» o «espíritu», y que Incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud de toda nuestra perspectiva y nuestro enfoque de la vida.

»Hablar de esta disciplina interna supone señalar muchos factores y quizá también tengamos que referirnos a muchos métodos. Pero, en términos generales, uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar gradualmente los factores que llevan al sufrimiento mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ése es el camino.

El Dalai Lama afirma haber alcanzado un cierto grado de felicidad personal. Durante la semana que pasó en Arizona observé que la felicidad personal se manifiesta en él como una sencilla voluntad de abrirse a los demás, de crear un clima de afinidad y buena voluntad, incluso en los encuentros de breve duración.
Una mañana, después de pronunciar una conferencia, el Dalai Lama caminaba por un patio exterior, de regreso a su habitación del hotel, acompañado por su séquito habitual. Al ver a una de las camareras ante los ascensores, se detuvo y le preguntó:
-¿De dónde es usted?
Por un momento, la mujer pareció desconcertada ante ese extranjero cubierto por una túnica marrón, y extrañada ante la deferencia (atención} que le demostraba su séquito.
-De México -contestó tímidamente con una sonrisa.
Él habló brevemente con ella y luego continuó su camino, dejando a la mujer con una expresión de entusiasmo y satisfacción en el rostro. A la mañana siguiente, a la misma hora, estaba en el mismo lugar, acompañada por otra camarera. Las dos saludaron cálidamente al Dalai Lama cuando entró en el ascensor. La interacción fue breve, pero las dos mujeres parecieron sonrojarse de felicidad. En los días que siguieron, en el mismo lugar y a la misma hora, se
veía allí a miembros del personal, hasta que, al final de la semana, había docenas de camareras, con sus
almidonados uniformes grises y blancos, formando una fila que se extendía a lo largo del camino que conducía a los ascensores.

Nuestros días están contados. En este momento, muchos miles de seres nacen en el mundo, algunos destinados a vivir sólo unos pocos días o semanas, para luego sucumbir a la enfermedad o cualquier otra desgracia. Otros están destinados a vivir hasta un siglo, incluso más, y a experimentar todo lo que la vida nos puede ofrecer: triunfo, desesperación, alegría, odio y amor. Pero tanto si vivimos un día como un siglo, sigue en vigor la pregunta cardinal:
¿cuál es el propósito de nuestra vida?
«El propósito de nuestra existencia es buscar la felicidad.» Esta afirmación parece dictada por el sentido común, y  muchos pensadores occidentales han estado de acuerdo con ella, desde Aristóteles hasta William James. Pero ¿acaso una vida basada en la búsqueda de la felicidad personal no es, por naturaleza, egoísta e incluso poco juiciosa? No necesariamente. De hecho, muchas investigaciones han demostrado que son las personas desdichadas las que tienden a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e incluso propensas a la enemistad. Las personas felices, por el contrario, son generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de tolerar las frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y compasivas que las personas desdichadas.

Los investigadores han realizado algunos experimentos interesantes que demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda con respecto a los demás. Han podido, por ejemplo, inducir un estado de ánimo alegre en un individuo organizando una situación por la que éste encontraba dinero en una cabina telefónica.
Uno de los experimentadores, totalmente desconocido para el sujeto, pasaba aliado de él y simulaba un pequeño accidente dejando caer los periódicos que llevaba. Los investigadores deseaban saber si el sujeto se detendría para ayudar al extraño.
En otra situación, se elevaba el estado de ánimo de los sujetos mediante la audición de una comedia musical y luego se les acercaba alguien para pedirles dinero. Los investigadores descubrieron que las personas que se sentían felices eran más amables, en contraste con un «grupo de control» de individuos a los que se les presentaba la misma oportunidad de ayudar pero cuyo estado de ánimo no había sido estimulado.

Aunque esta clase de experimentos contradicen la noción de que la búsqueda y el alcance de la felicidad personal conducen al egoísmo y al ensimismamiento, todos podemos llevar a cabo un experimento de esta índole con resultados similares. Supongamos, por ejemplo, que nos encontramos en un atasco de tráfico. Después de veinte minutos de espera, los vehículos empiezan a moverse con lentitud. Vemos entonces a otro coche que nos hace señales para que le permitamos entrar en nuestro carril y situarse delante de nosotros. Si nos sentimos de buen humor, lo más probable es que frenemos y le cedamos el paso. Pero si nos sentimos irritados, nuestra respuesta consiste en acelerar y ocupar rápidamente el hueco. « Yo llevo tanta prisa como los demás.»

Empezamos, pues, con la premisa básica de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Es una visión de ella como un objetivo real, hacia cuya consecución podemos dar pasos positivos. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce beneficios, no sólo para el individuo, sino también para la familia de éste y para el conjunto de la sociedad.

— Howard C.Cutler. M.D.; "El Arte de la Felicidad" —

miércoles, 16 de diciembre de 2015

¿Qué hemos comprendido cuando dejamos la escuela?

19. Cuando hemos crecido y dejamos la escuela después de haber recibido una así llamada educación, tenemos
que afrontar innumerables problemas. ¿Qué profesión vamos a elegir a fin de que en ella podamos realizamos
y ser felices? ¿En qué vocación o trabajo sentiremos que no estamos explotando a otros, que no somos crueles
con ellos? Tenemos que comprender el hambre, la superpoblación, el sexo, la pena, el placer. Tenemos que
habémoslas con las múltiples cosas confusas y contradictorias de la vida: las riñas entre hombre y hombre, entre el hombre y la mujer, los conflictos internos y las luchas externas. Tenemos que comprender la ambición, la guerra, el espíritu militar; y es mucho más esencial que comprendamos esa cosa extraordinaria llamada paz.

Tenemos que comprender el significado de la religión -la cual no es una mera especulación o la adoración de
imágenes- y también esa cosa muy extraña y compleja llamada amor. Tenemos que ser sensibles a la belleza
de la vida, al pájaro que vuela, y también al mendigo, a la escualidez del pobre, a las feísimas construcciones
que la gente levanta, a las sucias calles y al templo más sucio aún. Tenemos que afrontar todos estos problemas. Y tenemos que enfrentamos con la cuestión de a quién seguir o no seguir y si debemos seguir a alguien en absoluto.

La mayoría de nosotros se interesa en producir un cambio aquí y allá, y con eso se satisface. Cuanto más
avanzamos en edad, tanto menos queremos cualquier cambio profundo, fundamental, porque tenemos miedo.
No pensamos en los términos de una transformación total, sólo pensamos en términos de un cambio superficial; y si uno lo examina encontrará que el cambio superficial no es cambio en absoluto. No es una
revolución radical, sino solamente una continuación modificada de lo que ha sido. Todas estas cosas tienen
ustedes que afrontar, desde su propia felicidad y desdicha hasta la felicidad y desdicha de la mayoría, desde sus propias ambiciones y búsquedas egocéntricas a las ambiciones, motivaciones y búsquedas de los demás.

Tienen que afrontar la competencia, la corrupción en sí mismos y en otros, el deterioro de la mente, la vacuidad
del corazón. Tienen que conocer todo esto, tienen que afrontarlo y comprenderlo por sí mismos. Pero, por
desgracia, no están preparados para ello.

¿Qué hemos comprendido cuando dejamos la escuela? Podremos haber recogido unos pocos conocimientos, pero somos tan torpes, vacíos y superficiales como cuando llegamos. Nuestros estudios, nuestra asistencia a la escuela, nuestros contactos con los maestros no nos han ayudado a comprender estos problemas tan complejos de la vida. Los maestros son tediosos y nosotros nos volvemos tan tediosos como ellos. Ellos sienten temor y nosotros sentimos temor. Es tanto responsabilidad nuestra como de los maestros ver que salgamos de aquí para entrar en el mundo con madurez, con profundidad en el pensar, sin temor y, por lo tanto, con capacidad para afrontar la vida inteligentemente.

Ahora bien, parece muy importante encontrar una respuesta a todos estos problemas tan complejos; pero no hay respuesta. Todo cuanto podemos hacer es afrontar estos problemas inteligentemente a medida que
surgen. Por favor, comprendan esto. Instintivamente, ustedes desean una respuesta, ¿verdad? Piensan que
leyendo libros, siguiendo a alguien, encontrarán respuestas a todos estos problemas tan complejos y sutiles problemas de la vida. Encontrarán creencias, teorías, pero ésas no serán respuestas, porque estos problemas han sido creados por seres humanos como ustedes. La espantosa insensibilidad, el hambre, la crueldad, la fealdad, la escualidez, todo esto ha sido creado por los seres humanos; y para dar origen a una transformación fundamental tienen que comprender la mente y el corazón humanos, que son la mente y el corazón de cada  uno de ustedes. Buscar meramente una respuesta en un libro o identificarse con algún sistema político o económico, por mucho que pueda prometer, o practicar algún absurdo religioso con todas sus supersticiones o seguir a un gurú, ninguna de estas cosas les ayudará a comprender estos problemas humanos, porque son creados por ustedes y por otros como ustedes. Para comprenderlos tienen que comprenderse a sí mismos, comprenderse tal como viven de instante en instante, de día en día, de año en año; y para esto necesitan inteligencia, muchísimo discernimiento, paciencia, amor.

Tenemos, pues, que averiguar qué es la inteligencia, ¿no es así? Todos usan esa palabra con mucha prodigalidad; pero hablar meramente de la inteligencia no les hará inteligentes. Los políticos repiten todo el tiempo palabras como "inteligencia", "integración", "una nueva cultura", "un mundo unido", pero son meras palabras que significan muy poco. Así que no usen palabras sin comprender realmente todo lo que implican.

Estamos tratando de averiguar qué es la inteligencia, no meramente su definición, que podemos encontrar en
cualquier diccionario, sino que trataremos de conocer, de sentir, de comprender qué es la inteligencia, porque si
tenemos esa inteligencia, ella nos ayudará a cada uno de nosotros, a medida que vayamos creciendo, a tratar
con los enormes problemas de nuestra vida. Y sin esa inteligencia, por mucho que leamos, estudiemos,
acumulemos conocimiento, reformemos produciendo pequeños cambios aquí y allá en el patrón de la sociedad,
no podrá haber verdaderamente transformación ni una felicidad perdurable.

Y bien, ¿qué significa la inteligencia? Voy a averiguar qué significa. Tal vez ello resulte difícil para algunos de ustedes, pero no se preocupen mucho tratando de seguir las palabras; en vez de eso, procuren percibir el
contenido de aquello a que me estoy refiriendo. Traten de percibir la cosa, la cualidad de la inteligencia. Si la
perciben ahora, entonces, a medida que crezcan, verán más y más claramente la significación de lo que he
estado diciendo.

La mayoría de nosotros piensa que la inteligencia es el resultado de adquirir conocimientos, información,
experiencia. Pensamos que, teniendo mucho conocimiento y experiencia, seremos capaces de afrontar inteligentemente la vida. Pero la vida es una cosa extraordinaria, jamás está fija; como el río, fluye
constantemente, nunca está quieta. Pensamos que acumulando más experiencia, más conocimiento, más
virtud, más salud, más posesiones, seremos inteligentes. Por eso respetamos a las personas que han
acumulado conocimientos, los eruditos, y también a las personas ricas y llenas de experiencia. Pero la
inteligencia, ¿es el resultado del "más"? ¿Qué hay detrás de este proceso de tener más, de desear más? Al
desear más, lo que nos interesa es acumular, ¿no es así?
Ahora bien, ¿qué sucede cuando hemos acumulado conocimiento, experiencia? Cualquier experiencia
ulterior que podamos tener es traducida inmediatamente a términos del "más", y nunca estamos experimentando realmente, siempre estamos acumulando; y esta acumulación es el proceso de la mente, que es el centro del "más". El "más" es el "yo", el ego, la entidad encerrada en sí misma que sólo se interesa en acumular, ya sea negativamente o positivamente. De ese modo, con su experiencia acumulada, la mente afronta la vida. Al afrontar la vida con esta acumulación de experiencias, la mente está siempre buscando el "más", por lo que nunca experimenta, sólo acumula. Mientras la mente sea un mero instrumento del acumular, no hay verdadera experimentación. ¿Cómo puede uno estar abierto a la experiencia, cuando siempre está pensando en obtener algo de esa experiencia, en adquirir algo más?

Por lo tanto, el hombre que acumula, que guarda, el hombre que desea jamás está experimentando
frescamente la vida. Sólo cuando la mente no se interesa en el "más ", en acumular, tiene posibilidad de ser
inteligente. Cuando lo que le interesa es el "más", cada nueva experiencia fortalece el muro del encierro en uno
mismo, fortalece el "yo", el proceso egocéntrico que es el núcleo de todos los conflictos. Por favor, sigan esto.
Ustedes piensan que la experiencia libera a la mente, pero no lo hace. En tanto la mente se interesa en la
acumulación, en el "más", cada experiencia que tenemos refuerza nuestro interés propio, nuestro proceso
egocéntrico de pensamiento.

La inteligencia sólo es posible cuando hay verdadera libertad con respecto al sí mismo, al "yo", o sea, cuando
la mente ya no está presa en el deseo de una experiencia más grande, más amplia, más expansivo. La inteligencia es libertad respecto de la presión del tiempo, ¿no es así? Porque el "más" implica tiempo, y en tanto la mente sea el centro de la exigencia del "más", la mente es el resultado del tiempo. Por consiguiente, cultivar el "más" es negar la inteligencia. La comprensión de todo este proceso es conocimiento propio.

Cuando, sin que haya un centro acumulativo, uno se conoce a sí mismo tal como es, de ese conocimiento
propio surge la inteligencia que puede afrontar la vida; esa inteligencia es creativa.

Miren su propia vida, qué torpe, qué estúpida, qué estrecha es porque ustedes no son creativos. Cuando
sean mayores tal vez tengan hijos, pero eso no es ser creativo. Puede que sean burócratas, pero en eso no
hay vitalidad, ¿no es así?, es una rutina muerta, un completo aburrimiento. La vida de ustedes está cercada
por el miedo y, en consecuencia, hay autoridad e imitación. No saben qué es ser creativo. Por creatividad no entiendo pintar cuadros, escribir poemas o tener habilidad para cantar. Me refiero a la naturaleza más profunda de la creatividad que, una vez descubierta, es una fuente eterna, una corriente inmortal; y sólo puede darse con ella por conducto de la inteligencia. Esa fuente es lo intemporal; pero la mente no puede dar con lo intemporal en tanto exista el centro del "yo", de la personalidad egocéntrico, de la entidad que está perpetuamente requiriendo el "más".

Cuando comprendan todo esto, no sólo verbalmente sino muy a fondo, encontrarán que con la inteligencia
despierta llega una creatividad que es la realidad misma, que es Dios, sobre la cual no puede especularse ni
cavilarse. Jamás darán con ella mediante sus prácticas de meditación, mediante sus rezos por el "más" o sus escapes del "más". Esa realidad podrá llegar a existir sólo cuando comprendan el estado de su propia mente,
la malicia, la envidia, las complejas reacciones a medida que surgen de instante en instante, cada día.

En la comprensión de estas cosas adviene un estado que puede ser llamado amor.
Ese amor es inteligencia y trae consigo una creatividad que es intemporal.
 
  
 
Interlocutor: La sociedad se basa en nuestra dependencia mutua. El médico tiene que depender del granjero y
el granjero del médico. ¿Cómo puede un hombre ser por completo independiente?

K.: La vida es relación. Aun el sanyasi está relacionado; podrá renunciar al mundo, pero sigue estando relacionado con el mundo. No podemos escapar de la relación. Para la mayoría de nosotros, la relación es una
fuente de conflicto; en la relación hay temor porque dependemos psicológicamente de otro, ya sea del marido, de la esposa, del padre o de un amigo. La relación existe no sólo entre uno mismo y el padre, entre uno mismo y el hijo, sino también entre uno mismo y el maestro, el cocinero, el sirviente, el gobernador, el comandante y toda la sociedad; y en tanto no comprendamos esta relación, no estaremos libres de la dependencia psicológica que genera miedo y explotación. La libertad llega sólo con la inteligencia. Sin inteligencia, el mero buscar independencia o libertad respecto de la relación es perseguir ilusiones.
Lo importante, pues, es comprender nuestra dependencia psicológica en la relación. Cuando revelamos las cosas ocultas de nuestra mente y de nuestro corazón, comprendiendo nuestra propia soledad, nuestro vacío,
como estamos libres, libres no de nuestra relación sino de la dependencia psicológica que ocasiona conflicto,
desdicha, pena, temor.
 
 
Interlocutor: ¿Por qué es desagradable la verdad?
 
K.: Si pienso que soy muy hermoso y tú me dices que no lo soy, lo cual puede ser cierto, ¿me agrada eso? Si
pienso que soy muy inteligente, muy ingenioso, y tú señalas que en realidad soy una persona más bien tonta,
eso es muy desagradable para mí. Y la acción de señalar mi estupidez, a ti te provoca un sentimiento de placer, ¿verdad? Halaga tu vanidad, muestra lo inteligente que tú eres. Pero no deseas mirar tu propia estupidez; quieres escapar de lo que eres, quieres ocultarte de ti mismo, quieres tapar tu propia estupidez, tu propia soledad. Entonces buscas amigos que nunca te digan lo que eres. Deseas mostrar a otros lo que ellos son, pero cuando los otros te muestran lo que tú eres, eso no te agrada. Evitas aquello que expone tu propia naturaleza interna.
 
  
Interlocutor: Hasta ahora nuestros maestros han estado muy seguros y nos han enseñado del modo habitual;
pero después de escuchar lo que se ha dicho aquí y después de tomar parte en las discusiones, se han vuelto
muy inseguros. Un estudiante inteligente sabrá cómo conducirse en estas circunstancias, pero ¿qué harán
aquellos que no son inteligentes?

K.:¿Acerca de qué están inseguros los maestros? No acerca de lo que enseñan, puesto que pueden seguir
adelante con las matemáticas, la geografía, el habitual plan de estudios. No es de eso de lo que están inseguros. Están inseguros acerca de cómo tratar con el estudiante, ¿no es así? Están inseguros en su relación con el estudiante. Hasta hace muy poco, jamás se preocupaban de su relación con el estudiante, sólo venían a la clase, enseñaban y se iban. Pero ahora les preocupa que puedan estar creando temor al ejercitar su autoridad para hacer que el estudiante les obedezca. Les preocupa saber si están reprimiendo al estudiante o si estimulan su iniciativa y lo ayudan a encontrar su verdadera vocación. Naturalmente, todo esto ha hecho que se sientan inseguros. Pero por cierto, tanto el maestro como el estudiante tienen que sentirse seguros; también tienen que investigar, explorar. Ése es todo el proceso de la vida desde el principio al fin, ¿no es así?
No detenerse en cierto punto y decir: "Yo sé".
Un hombre inteligente jamás se halla estático, jamás dice: "Yo sé". Está siempre investigando, dudando,
mirando, explorando, descubriendo. En el instante en que dice "yo sé", ya está muerto. Y casi todos nosotros,
jóvenes o viejos, a causa de la tradición, de las compulsiones, del temor, a causa de la burocracia y los
absurdos de nuestra religión, estamos más bien muertos, carecemos de vitalidad, de vigor, de confianza en
nosotros mismos. De modo que el maestro ha de investigar y descubrir por sí mismo sus propias tendencias burocráticas y así dejará de embotar la mente de otros; y ése es un proceso muy difícil. Requiere una gran dosis de paciente comprensión.

Por lo tanto, el estudiante inteligente ha de ayudar al maestro y el maestro ha de ayudar al estudiante; y
ambos han de ayudar al niño o a la niña lerdos y poco inteligentes.
Eso es la relación. Ciertamente, cuando el maestro mismo se siente inseguro e investiga, es más tolerante,
más vacilante, más paciente y afectuoso con el estudiante lerdo, cuya inteligencia de ese modo puede ser
despertado.
  
  
Interlocutor: El granjero tiene que confiar en el médico para la cura de un dolor físico. ¿También ésta es una
relación dependiente?

K.: Como hemos visto, si psicológicamente dependo de ti, mi relación contigo se basa en el temor; y en tanto haya temor no hay independencia en la relación. El problema de liberar a la mente del temor es sumamente complejo.
Miren, lo importante no es lo que uno dice en respuesta a todas estas preguntas, sino que ustedes descubran
por sí mismos la verdad al respecto mediante una constante investigación, lo cual implica no quedar presos en ninguna creencia, en ningún sistema de pensamiento. Es la constante investigación la que crea iniciativa y abre
paso a la inteligencia. Estar meramente satisfechos con una respuesta embota la mente. Entonces, es esencial
que no acepten, que inquieran de manera constante y empiecen a descubrir por sí mismos todo el significado
de la vida.

Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir" —

martes, 15 de diciembre de 2015

Y CUANDO EXAMINAMOS ESTAS CREENCIAS —RELIGIONES— ENCONTRAMOS QUE DIVIDEN A LA GENTE

18. Mientras somos muy jóvenes, tal vez a muy pocos de nosotros nos afectan grandemente los conflictos de la vida, las preocupaciones, las alegrías pasajeras, los desastres físicos, el miedo a la muerte y las deformaciones mentales que agobian a la generación más vieja. Por fortuna, mientras somos jóvenes la mayoría de nosotros no se encuentra todavía en el campo de batalla de la existencia. Pero a medida que crecemos, los problemas, las desdichas, las dudas, las luchas económicas y también las internas empiezan todas a abrumamos y entonces queremos descubrir el significado de la vida, qué es la vida en todas partes.

Nos preguntamos acerca de los conflictos, los sufrimientos, la pobreza, los desastres. Queremos saber por qué ciertas personas están en buena posición y otras no, por qué un ser humano es sano, inteligente, capaz, talentoso, mientras que otro no lo es. Y si se nos satisface fácilmente, pronto quedamos presos en alguna hipótesis, en alguna teoría o creencia; encontramos una respuesta, pero jamás es la respuesta verdadera. Nos damos cuenta de que la vida es fea, penosa, dolorosa, y empezamos a investigar; pero al no tener suficiente confianza en nosotros mismos, suficiente vigor, inteligencia, inocencia para proseguir con la investigación, pronto somos atrapados en teorías, en creencias, en alguna clase de especulación o doctrina que explica de manera satisfactoria todo esto. Poco a poco, nuestras creencias y nuestros dogmas arraigan profundamente y se hacen inconmovibles, porque tras ellos hay un constante temor a lo desconocido. Jamás miramos ese temor; nos alejamos de él buscando refugio en nuestras creencias. Y cuando examinamos estas creencias -hindú, budista, cristiana- encontramos que dividen a la gente. Cada conjunto de dogmas y creencias contiene una serie de rituales, una serie de
compulsiones que atan la mente y separan al hombre del hombre.

Empezamos, pues, con una investigación para descubrir qué es verdadero, cuál es el significado de toda esta desdicha, esta lucha, esta pena, y terminarnos en un conjunto de creencias, dogmas, rituales, teorías. No tenemos confianza en nosotros mismos, ni en el vigor ni en la inocencia para desechar la creencia e investigar; por lo tanto, la creencia comienza a actuar como un factor de deterioro en nuestras vidas.
La creencia corrompe, porque detrás de la creencia y de la moralidad idealista, acecha el "sí mismo", el "yo",
el "yo" que está creciendo constantemente, volviéndose cada vez más grande, más poderoso. Pensamos que la creencia en Dios es religión; consideramos que creer es ser religioso. Si ustedes no creyeran serían vistos como ateos y condenados por la sociedad. Una sociedad condena a aquellos que no creen en Dios y otra sociedad condena a los que creen. Ambas son la misma cosa.

La religión se vuelve así una cuestión de creencia, y la creencia actúa como una limitación sobre la mente; y
entonces la mente jamás es libre. Pero es sólo en libertad y no gracias a creencia alguna como podemos
descubrir lo que es verdadero; lo que es Dios; porque nuestra creencia proyecta lo que pensamos que Dios
debe ser, lo que pensamos que debe ser verdadero. Si creemos que Dios es amor, que Dios es bueno, que
Dios es esto o aquello, esa creencia misma nos impide comprender qué es Dios, qué es verdadero. Pero ya ven, ustedes quieren olvidarse de sí mismos en una creencia, quieren sacrificarse a sí mismos, quieren emular a otro; desean abandonar esta permanente lucha que se desarrolla dentro de ustedes y perseguir la virtud.

Nuestra vida es una lucha constante en la que hay dolor, sufrimiento, ambición, placer efímero, dicha que
viene y se va; de modo que la mente desea algo inmenso para aferrarse a ello, algo que está más allá de ella misma y con lo cual pueda identificarse. A ese algo lo llama Dios, verdad, y se identifica con ello mediante la creencia, mediante la convicción y la racionalización, mediante diversas formas de disciplina y de moralidad idealista. Pero ese algo inmenso creado por la especulación sigue siendo parte del "yo", es proyectado por la mente, en su deseo de escapar del tumulto de la vida.
Nos identificamos con un país en particular: India, Inglaterra, Alemania, Rusia, América. Ustedes piensan en sí mismos como hindúes. ¿Por qué? ¿Por qué se identifican con la India? ¿Lo han considerado alguna vez, yendo detrás de las palabras en que se hallan presas sus mentes? Viviendo en una ciudad o en un pueblo pequeño, llevando una vida desdichada con sus luchas y sus disputas familiares, estando insatisfechos, descontentos, sintiéndose infelices, se identifican con un país llamado India. Esto les da un sentimiento de vastedad, de importancia, una satisfacción psicológica, de modo que dicen: "Soy indio"; y por esto están dispuestos a matar, a morir o a ser mutilados.

Del mismo modo, porque son muy triviales y están en constante batalla consigo mismos y con otros, porque
están confundidos y se sienten desdichados, inseguros, porque saben que existe la muerte, se identifican con algo más allá, algo inmenso, significativo, pleno de sentido, a lo que llaman Dios. Esta identificación con lo que llaman Dios les da una sensación de enorme importancia y se sienten felices. Así, el identificarse con algo inmenso es un proceso autoexpansivo, sigue siendo el esfuerzo del "sí mismo", del yo.

La religión, tal como generalmente la conocemos, es una serie de creencias, dogmas, rituales, supersticiones; es la adoración de los ídolos, de hechiceros y gurúes, y pensamos que todo esto nos conducirá a alguna meta suprema. La meta suprema es nuestra propia proyección, es lo que deseamos, lo que pensamos que nos hará felices, una garantía de un estado exento de muerte. Presa en este deseo de certidumbre, la mente crea una religión de dogmas, de prácticas sacerdotales, de supersticiones y veneración de ídolos; y ahí se estanca. ¿Es religión eso? ¿Es la religión una cuestión de creer, de aceptar o conocer las experiencias y afirmaciones de otras personas? ¿Es meramente la práctica de la moralidad? ¿Saben?, es relativamente fácil ser moral, hacer esto y no hacer aquello. Uno puede imitar meramente un sistema moral. Pero detrás de una moralidad semejante acecha el agresivo yo, creciendo, expandiéndose, dominando. ¿Es religión eso?

Ustedes tienen que descubrir qué es la verdad, porque eso es lo que realmente importa, no si son ricos o
pobres o si están felizmente casados y tienen hijos, porque todas estas cosas tocan a su fin, y siempre está la muerte. Por lo tanto, sin ninguna forma de creencia, tienen ustedes que tener el vigor, la confianza propia, la iniciativa para descubrir por sí mismos qué es la verdad, qué es Dios. La creencia no libera a sus mentes, la creencia tan sólo corrompe, ata, oscurece. La mente puede liberarse sólo mediante su propio vigor y la confianza en sí misma.

Ciertamente, una de las ficciones de la educación es crear individuos que no estén atados por ninguna forma de creencia, por ningún patrón de moralidad o respetabilidad. Es el "yo" el que busca volverse meramente moral, respetable. El individuo auténticamente religioso es el que descubre, el que experimenta directamente lo que es Dios, lo que es la verdad. Esa experiencia directa nunca es posible a través de ninguna forma de creencia, de ningún ritual, de ningún seguimiento o veneración de otro. La mente verdaderamente religiosa está libre de todos los gurúes. Cada uno de ustedes, como individuo, a medida que crezca y viva su vida, podrá descubrir la verdad de instante en instante y, en consecuencia, podrá ser libre.
La mayoría de la gente piensa que estar libre de las cosas materiales del mundo es el primer paso hacia la
religión. No lo es. Ésa es una de las cosas más fáciles de hacer. El primer paso es estar libre para pensar de
manera plena, completa e independiente, lo cual implica no estar atado por ninguna creencia ni agobiado por las circunstancias, por el medio, de manera que uno sea un ser humano integrado, capaz, vigoroso y confiado en sí mismo. Sólo entonces puede nuestra mente, estando libre, libre de prejuicios, de condicionamientos, descubrir lo que es Dios. Ciertamente, ése es el propósito básico por el cual debe existir cualquier centro educativo: ayudar a cada individuo que llega allí a estar libre para descubrir la realidad. Esto significa no seguir ningún sistema, no aferrarse a ninguna creencia o ritual y no venerar a ningún gurú. El individuo tiene que despertar su inteligencia, no mediante alguna forma de disciplina, resistencia, compulsión o coacción, sino gracias a la libertad. Es sólo gracias a la inteligencia nacida de la libertad, como el individuo puede descubrir aquello que está más allá de la mente. Esa inmensidad, lo innominable, lo ilimitado, aquello que no puede ser
medido por las palabras y en lo cual existe el amor que no es de la mente, debe ser experimentada de manera directa. La mente no puede concebirla; por lo tanto, la mente tiene que estar muy quieta, asombrosamente silenciosa, sin la exigencia de ningún deseo. Sólo entonces es posible que revele su existencia aquello que puede ser llamado Dios o la realidad.

Interlocutor: ¿Qué es la obediencia? ¿Debemos obedecer una orden aun cuando no la comprendamos?

K.: ¿Acaso no es eso lo que hace la mayoría de nosotros?
Los padres, los maestros, los mayores dicen: "Haz esto". Lo dicen cortésmente o a palos, y porque tenemos miedo, obedecemos. Es también lo que nos hacen los gobiernos, los militares. Desde la infancia se nos educa para obedecer, sin que sepamos nada al respecto. Cuanto más autoritarios son nuestros padres y más tiránico el gobierno, tanto más nos compelen, nos moldean desde nuestros primeros años; y sin comprender por qué debemos hacer lo que nos dicen que hagamos, obedecemos. También se nos dice qué es lo que debemos pensar. Nuestras mentes son purgadas de todo pensamiento que no sea aprobado por el estado, por las autoridades locales. Jamás se nos enseña ni se nos ayuda a pensar, a descubrir, sino que se nos exigeobedecer. El sacerdote nos dice que es así, y nuestro propio miedo interno nos obliga a obedecer, porque de locontrario nos confundiremos, nos sentiremos perdidos.
De modo que obedecemos porque somos muy irreflexivos. No queremos pensar porque el pensar es
perturbador; para pensar tenemos que cuestionar, que inquirir, que descubrir por nosotros mismos. Y los
adultos no quieren que inquiramos, no tienen la paciencia de escuchar nuestras preguntas. Están demasiadoocupados con sus propias disputas, con sus ambiciones y sus prejuicios, con sus debo y no debo de lamoralidad y la respetabilidad; y nosotros, que somos jóvenes, tenemos miedo de equivocamos porque tambiénqueremos ser respetables. ¿Acaso no deseamos todos vestir el mismo tipo de ropas, lucir igual? No queremoshacer nada diferente, no queremos pensar independientemente, distinguirnos, porque eso es muy perturbador;así que nos unimos al grupo.
Cualquiera que sea nuestra edad, casi todos obedecemos, copiamos, porque internamente tenemos miedode sentirnos inseguros. Queremos certidumbre, tanto financiera como moral; queremos que se nos apruebe.
Deseamos hallarnos en una posición segura, rodeados de una valla y sin tener que enfrentarnos jamás con el
infortunio, la pena, el sufrimiento. Es el miedo, consciente o inconsciente, el que nos hace obedecer al jefe, allíder, al sacerdote, el gobierno. Es el miedo a ser castigados el que nos impide hacer algo dañino para losdemás. Por lo tanto, detrás de todas nuestras acciones, de nuestra codicia y nuestras búsquedas, está alacecho este deseo de certidumbre, este deseo de hallarnos a salvo, asegurados. Si no estamos libres delmiedo, la mera obediencia significa muy poco. Lo que tiene significación es que estemos atentos a este miedo de día en día, que observemos cómo se manifiesta de diferentes maneras.

Sólo cuando estamos libres del miedo puede existir esa cualidad interna de la comprensión, ese estado único en el que no hay acumulación de conocimientos ni de experiencias.

— Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir" —

domingo, 13 de diciembre de 2015

Lo que la mayoría de nosotros llama paz es un proceso de estancamiento, un paulatino deterioro.

17. Hemos estado examinando los diversos factores que originan deterioro en nuestras vidas, en nuestras
actividades, en nuestros pensamientos; y hemos visto que el conflicto es uno de los principales factores de este deterioro. Y la paz, tal como se la entiende generalmente, ¿no es, acaso, también un factor destructivo?

¿Puede la paz ser producida por la mente? Si tenemos paz por intermedio de la mente, ¿no conduce eso también a la corrupción, al deterioro? Si no estamos muy alerta y atentos, esa palabra "paz" se vuelve como una ventana estrecha a través de la cual miramos el mundo y tratamos de comprenderlo. A través de una ventana estrecha podemos ver solamente una parte del cielo y no toda su vastedad, su magnificencia. No es posible tener paz persiguiendo meramente la paz, lo cual es por fuerza un proceso de la mente.

Quizás haya una pequeña dificultad para comprender esto, pero trataré de hacerlo tan simple y claro como
pueda. Si podemos comprender qué significa ser pacífico, tal vez comprendamos el verdadero significado del amor.

Pensamos que la paz es algo que debe ser alcanzado mediante la mente, la razón, ¿pero es así? ¿Puede la
paz llegar mediante cualquier tipo de aquietamiento, control o dominio del pensamiento? Todos queremos paz; y para la mayoría de nosotros, la paz significa que nos dejen tranquilos, que no nos perturben ni interfieran con nosotros; de ese modo construimos un muro en torno de nuestra propia mente, un muro de
ideas.

Es muy importante que ustedes comprendan esto, porque a medida que vayan creciendo se enfrentarán con los problemas de la guerra y la paz. ¿Es la paz algo que ha de ser perseguido, atrapado y domesticado por la mente? Lo que la mayoría de nosotros llama paz es un proceso de estancamiento, un paulatino deterioro.
Pensamos que encontraremos la paz aferrándonos a una serie de ideas, construyendo internamente una valla de seguridad, un muro de hábitos, de creencias; pensamos que la paz es cuestión de perseguir un principio, de cultivar una tendencia, una fantasía o un deseo particular. Queremos vivir sin perturbaciones, de modo que
encontramos un rincón del universo o de nuestro propio ser, dentro del cual nos arrastramos viviendo en la oscuridad de nuestro propio encierro. Eso es lo que casi todos buscamos en nuestra relación con el marido, con la esposa, con los padres, con los amigos. Inconscientemente deseamos la paz a cualquier precio, y así es como la perseguimos.

¿Pero puede la mente encontrar la paz alguna vez? ¿Acaso no es la mente misma una fuente de perturbación? La mente sólo puede adquirir, acumular, negar, afirmar, perseguir. La paz es absolutamente
esencial, porque sin paz no podemos vivir creativamente. ¿Pero es la paz algo para ser realizado por medio de luchas, renuncias, sacrificios de la mente? ¿Entienden de qué estoy hablando?
Puede que mientras son jóvenes estemos descontentos, pero cuando vayamos creciendo, a menos que seamos muy sensatos y estemos muy alerta, ese descontento será canalizado en alguna forma de resignación pacífica a la vida. La mente está buscando perpetuamente aliarse en un hábito, en una creencia, en un deseo, en algo que le permita vivir y estar en paz con el mundo. Pero la mente no puede encontrar la paz, porque sólo puede pensar en términos de tiempo, en términos de pasado, presente y futuro: lo que ha sido, lo que es y lo que será. Está constantemente condenado, juzgando, sopesando, comparando, persiguiendo sus propias vanidades, sus propios hábitos, sus propias creencias, y una mente así jamás puede ser pacífica. Puede engañarse a sí misma con un estado al que llama paz, pero eso no es paz. La mente puede hipnotizarse mediante la repetición de palabras y frases, siguiendo a alguien o acumulando conocimientos; pero no es pacífica, porque una mente semejante es ella misma el centro de la perturbación; por su propia naturaleza es la esencia del tiempo. Por lo tanto, la mente con la que pensamos, con la que calculamos, con la que ideamos y comparamos, no puede encontrar la paz.

La paz no es el resultado de la razón; no obstante, si ustedes observan las religiones organizadas verán que se hallan presas en esta persecución de la paz por medio de la mente. La paz es tan pura y creativa como
destructivo es la guerra, y para encontrar esa paz uno tiene que comprender qué es la belleza. Por eso es
importante, mientras somos muy jóvenes, tener belleza a nuestro alrededor: la belleza de los edificios que tienen proporciones apropiadas, la belleza del aseo, de la conversación sosegada entre los mayores. En la comprensión de lo que es la belleza conoceremos el amor, porque la comprensión de la belleza es la paz del corazón.

Paz del corazón, no de la mente. Para conocer la paz tenemos que descubrir qué es la belleza. La manera
como hablamos, las palabras que usamos, los gestos que hacemos, estas cosas importan muchísimo, porque a través de ellas descubriremos el refinamiento de nuestro propio corazón. La belleza no puede ser definida ni explicada con palabras. Sólo puede ser comprendida cuando la mente está muy quieta.
Por lo tanto, mientras son jóvenes y sensibles, es esencial que tanto ustedes como quienes son responsables por ustedes, creen una atmósfera de belleza. La manera como visten, como caminan, como se sientan, como comen, todas estas cosas y las que les rodean son muy importantes. Cuando sean mayores se encontrarán con las cosas feas de la vida; las construcciones feas, la gente fea con su malicia, su envidia, su ambición, su crueldad; y si no han cimentado y establecido la percepción de la belleza en sus corazones, serán fácilmente arrebatados por la enorme corriente del mundo. Entonces quedarán presos en la interminable lucha por encontrar la paz mediante la mente. La mente proyecta una idea de lo que es la paz y trata de perseguirla, quedando de ese modo atrapada en la red de las palabras, en la red de las fantasías y las ilusiones.

La paz puede llegar únicamente cuando hay amor. Si tienen paz meramente gracias a la seguridad financiera o de otra clase, o gracias a ciertos dogmas, rituales o repeticiones verbales, no hay creatividad, no existe la urgencia de producir una revolución fundamental en el mundo. Una paz semejante sólo conduce al contentamiento y a la resignación. Pero cuando en ustedes exista la comprensión del amor y de la belleza, encontrarán que la paz no es una mera proyección de la mente. Ésta es la paz creativa, la paz que elimina la confusión y genera orden dentro de nosotros mismos. Pero esta paz no llega mediante esfuerzo alguno por encontrarla. Llega cuando estamos observando constantemente, cuando somos sensibles tanto a lo bello como a lo feo, a lo bueno como a lo malo, a todas las fluctuaciones de la vida.

La paz no es algo mezquino creado por la mente; es inmensamente grande, infinitamente extensa y sólo puede ser comprendida cuando hay plenitud en el corazón.

Interlocutor: ¿ Por qué nos sentimos inferiores delante de nuestros superiores?

K.: ¿A quiénes consideras tus superiores? ¿A los que saben? ¿A los que tienen títulos, rangos académicos?
¿A las personas de las que esperas algo, alguna clase de recompensa o de posición? En el momento en que
consideras a alguien como superior, ¿no consideras a algún otro como inferior?
¿Por qué tenemos esta división de lo superior y lo inferior? Existe sólo cuando deseamos algo, ¿no es así?
Yo me siento menos inteligente que tú, no tengo tanto dinero o capacidad como tú tienes, no soy tan feliz como tú pareces ser, o deseo algo de ti; por lo tanto, en relación contigo me siento inferior. Cuando te envidio o cuando deseo algo de ti o cuando trato de imitarte, me convierto instantáneamente en tu inferior, porque te he puesto en un pedestal, te he asignado un valor superior. Así, psicológicamente, internamente, he creado tanto al superior como al inferior, he creado este sentido de desigualdad entre los que poseen y los que no poseen.
Entre los seres humanos existe una enorme desigualdad de capacidades, ¿no es así? Está el hombre que diseña el turborreactor y el hombre que maneja el arado. Estas enormes diferencias en la capacidad -intelectual, verbal, física- son inevitables. Pero ya lo ven, otorgamos una significación tremenda a ciertas funciones. Al gobernador, al primer ministro, al inventor, al científico, los consideramos enormemente más importantes que al sirviente; así es como la función asume el estatus del que la desempeña. Mientras asignemos un estatus a funciones particulares, por fuerza tendrá que haber un sentido de desigualdad, y el vacío que separa a los que son capaces de los que no lo son, se vuelve imposible de llenar. Si podemos mantener la función despojada de estatus, entonces hay una posibilidad de generar un real sentimiento de igualdad. Pero para esto tiene que haber amor, porque es el amor el que destruye el sentido de lo inferior y lo superior.
El mundo está dividido en aquellos que poseen -el rico, el poderoso, el capaz, los que lo tienen todo- y aquellos que no poseen. ¿Es posible dar origen a un mundo en el que no exista esta división entre los
"poseedores" y los "no poseedores"? Lo que sucede en realidad es esto: viendo la brecha, el abismo entre el
rico y el pobre, entre el hombre de gran capacidad y el de poca o ninguna capacidad, los políticos y los economistas tratan de resolver el problema mediante reformas económicas y sociales. Éstas pueden estar muy bien. Pero una verdadera transformación nunca podrá tener lugar mientras no comprendamos todo el proceso del antagonismo, de la envidia y la malicia; porque sólo cuando comprendamos este proceso y le pongamos fin, podrá haber amor en nuestros corazones.

Interlocutor: ¿Puede haber paz en nuestras vidas, cuando en todo momento estamos luchando contra nuestro ambiente ?

K.: ¿Qué es nuestro ambiente? Nuestro ambiente es la sociedad, el medio económico, religioso, nacional y
de clase que corresponde al país en que vivimos; y también es el clima. Casi todos luchamos por encajar en, por ajustamos a nuestro medio, porque de ese medio podemos obtener un empleo, esperamos los beneficios de esa sociedad en particular. ¿Pero de qué está compuesta esa sociedad? ¿Han pensado alguna vez en ello?
¿Han observado alguna vez atentamente la sociedad en la cual están viviendo y a la que tratan de ajustarse?
Esa sociedad está basada en una serie de creencias y tradiciones llamada religión y en ciertos valores económicos, ¿no es así? Ustedes forman parte de esa sociedad y luchan por ajustarse a ella. Pero esa sociedad es la consecuencia del espíritu adquisitivo, de la envidia, del miedo, de la codicia, de las búsquedas posesivas, todo con algunos destellos de amor. Y si quieren ser inteligentes, no adquisitivos, si no quieren sentir temor, ¿pueden ajustarse a una sociedad semejante? ¿Pueden?

Ciertamente, tienen que crear una sociedad nueva, lo cual implica que cada uno de ustedes, como individuo,
tiene que estar libre del espíritu adquisitivo, de la envidia, de la codicia; tiene que estar libre de nacionalismo, de patriotismo y de cualquier limitación del pensamiento religioso. Sólo entonces existe la posibilidad de crear algo nuevo, una sociedad totalmente nueva. Pero en tanto luchen irreflexivamente por ajustarse a la presente sociedad, sólo están siguiendo el viejo patrón de la envidia, del poder y del prestigio, de las creencias corruptoras.
Es entonces muy importante, mientras son jóvenes, que comiencen a comprender estos problemas y generen libertad dentro de sí mismos, porque entonces crearán un mundo nuevo, una nueva relación entre hombre y hombre. Y ayudarles a que hagan esto es, sin duda, el verdadero sentido de la educación.

Interlocutor: ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué no podemos estar libres de la enfermedad y la muerte?

K.: Mediante las medidas sanitarias, las apropiadas condiciones de vida y los alimentos nutritivos, el hombre está comenzando a liberarse de ciertas enfermedades. Gracias a la cirugía y a diversas formas de tratamiento, la ciencia médica está tratando de encontrar una cura para enfermedades incurables como el cáncer. Un médico capaz hace todo lo que puede para aliviar y eliminar la enfermedad.
¿Y es conquistable la muerte? Es una cosa sumamente extraordinaria que a tu edad estés tan interesado en la muerte. ¿Por qué te preocupa? ¿Es porque ves tanta muerte a tu alrededor: los ghats donde creman a los muertos, el cuerpo que llevan al río? Para ti, la muerte es una visión familiar, está constantemente contigo; y existe el miedo a la muerte.
Si no reflexionas por ti mismo sobre las aplicaciones de la muerte y las comprendes, irás interminablemente
de un predicador a otro, de una esperanza a otra, de una creencia a otra, tratando de hallar una solución a este problema de la muerte. ¿Comprendes? No sigas preguntando a algún otro, trata más bien de descubrir por ti mismo la verdad de ello. Formular innumerables preguntas sin tratar jamás de averiguar o descubrir es
característico de una mente trivial.
Mira, tememos a la muerte sólo cuando nos aferrarnos a la vida. La comprensión de todo el proceso del vivir
es también la comprensión del significado del morir. La muerte es meramente la extinción de la continuidad, y lo que tememos es no poder continuar; pero lo que continúa jamás puede ser creativo. Reflexiona sobre ello, descubre por ti mismo lo que es verdadero. Es la verdad la que te libera del miedo a la muerte, y no tus teorías religiosas ni tu creencia en la reencarnación o en la vida en el más allá.

— Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir" —

sábado, 12 de diciembre de 2015

Karma es una de las palabras peculiares que usamos, es una de esas palabras en que se halla atrapado nuestro pensamiento.

16. Hemos estado hablando acerca de los factores deteriorantes en la existencia humana y dijimos que el miedo es una de las causas fundamentales de este deterioro. También dijimos que el seguimiento de cualquier forma de autoridad, ya sea impuesta por uno mismo o establecida desde fuera, así como de cualquier forma de imitación o copia, destruye la iniciativa, la creatividad y bloquea el descubrimiento de lo verdadero.

La verdad no es algo que pueda seguirse; tiene que ser descubierta. Ustedes no pueden encontrar la verdad por medio de ningún libro, de ninguna acumulación de experiencias. Como lo discutimos el otro día, cuando la experiencia se convierte en un recuerdo, ese recuerdo destruye la comprensión creadora. Cualquier sentimiento de malicia o envidia, por leve que sea, es también destructivo de esta comprensión creadora sin la cual no existe la felicidad. La felicidad no puede comprarse, ni llega cuando uno la persigue; está ahí cuando no hay conflicto.

Ahora bien, ¿no es muy importante, especialmente cuando todavía estamos en la escuela, comenzar a comprender la significación de las palabras? La palabra, el símbolo, se ha vuelto para todos nosotros una cosa extraordinariamente destructivo y no nos percatamos de esto. ¿Saben qué entiendo por símbolo? El símbolo es la sombra de la verdad. El disco fonográfico, por ejemplo, no es la voz real; pero la voz ha sido registrada en el disco y eso es lo que escuchamos. La palabra, el símbolo, la imagen, la idea no es la verdad; pero adoramos la imagen, veneramos el símbolo, asignamos una gran significación a la palabra, y todo esto es muy destructivo, porque entonces la palabra, el símbolo, la imagen se vuelve sumamente importante. Así es como los templos, las iglesias y las distintas religiones organizadas con sus símbolos, creencias y dogmas se convierten en factores que impiden a la mente ir más allá y descubrir la verdad. De modo que no queden presos en las palabras, en los símbolos, que automáticamente cultivan el hábito. El hábito es un factor extremadamente destructivo, porque cuando quieren pensar creativamente, el hábito se pone en medio.

Quizás ustedes no comprendan la plena significación de lo que estoy diciendo, pero lo harán si piensan al respecto. Salgan de vez en cuando a pasear solos y reflexionen sobre estas cosas. Descubran qué se entiende por palabras como "vida", "Dios", "deber", "cooperación", todas esas palabras extraordinarias que usamos con tanta prodigalidad.

¿Se han preguntado alguna vez qué significa "deber"? ¿Deber hacia qué? Hacia los ancianos, hacia lo que dice la tradición: que ustedes deben sacrificarse por sus padres, por su país, por sus dioses. Esa palabra "deber" se ha vuelto extraordinariamente significativa para ustedes, ¿verdad? Está cargada de mucha significación que se les impone. Se les enseña que tienen un deber hacia su país, hacia sus dioses, hacia su prójimo; pero mucho más importante que la palabra "deber" es que descubran por sí mismos cuál es la verdad.
Sus padres y la sociedad usan esa palabra "deber" como un medio de moldearles, de ajustarles conforme a las
idiosincrasias particulares de ellos, a sus hábitos de pensamiento, a sus agrados y desagrados, esperando de
ese modo garantizar su propia seguridad. Así que tómense tiempo, sean pacientes, analicen, investiguen y descubran por sí mismos qué es verdadero en todo esto. No acepten meramente la palabra "deber", porque donde hay "deber" no hay amor.

Del mismo modo, tomemos la palabra "cooperación". El estado quiere que ustedes cooperen con él. Si cooperan con algo sin comprenderlo, están meramente imitando, copiando. Pero si comprenden, si descubren la verdad de algo, entonces al cooperar están viviendo, moviéndose con ello y ello forma parte de ustedes.

Es, entonces, muy necesario percatamos de las palabras, de los símbolos e imágenes que mutilan nuestro pensar. Percatarnos de eso y descubrir si podemos ir más allá es esencial, si hemos de vivir creativamente sin desintegrarnos. ¿Saben?, permitirnos que la palabra "deber" nos mate. 

La idea de que tienen un deber hacia sus padres, hacia sus relaciones, hacia el país, los sacrifica, hace que salgan y vayan a pelear, a matar y a ser muertos o lisiados. El político, el líder dice que es necesario destruir a otros para proteger la comunidad, el país, la ideología o el estilo de vida; así, el matar se vuelve una parte de nuestro deber y pronto nos vemos envueltos en el espíritu militar. El espíritu militar les vuelve obedientes, hace que sean físicamente muy disciplinados; pero en lo interno sus mentes son destruidas poco a poco porque están imitando, siguiendo, copiando. Se convierten en una herramienta de los mayores, del político, en un instrumento de la propaganda. Llegan a aceptar la matanza para proteger a su país como algo inevitable, porque alguien dice que es necesaria. Pero sin importar quién lo diga, ¿no deberían examinarlo muy claramente por sí mismos?

Matar es, obviamente, la más destructiva y corrupta de las acciones en la vida, especialmente matar a otro ser humano, porque cuando uno mata está lleno de odio, por mucho que pueda racionalizarlo, y crea también antagonismo en los demás. Podemos matar con una palabra igual que con una acción; y matar a otros seres humanos jamás ha resuelto ninguno de nuestros problemas. La guerra jamás ha curado ninguna de nuestras enfermedades económicas o sociales, ni ha dado origen a una comprensión mutua en las relaciones humanas; no obstante, todo el mundo está preparándose perpetuamente para la guerra. Son muchas las razones que se exponen para explicar por qué es necesario matar gente; y también hay muchas razones para no matar. Pero no se dejen arrastrar por ningún razonamiento, porque hoy pueden tener una buena razón para no matar y mañana podrán tener una razón mucho más fuerte para matar.
Primero vean la verdad de ello, perciban lo esencial que es no matar. Sin tener en cuenta lo que puedan haber dicho otros, desde la más alta a la más baja de las autoridades, descubran por sí mismos la verdad de la cuestión; y cuando estén internamente claros al respecto, entonces podrán analizar los detalles. Pero no empiecen razonando, porque cada razón puede ser enfrentada por una razón contraria y quedan atrapados en la red de los razonamientos. Lo importante es que vean directamente por sí mismos cuál es la verdad, y  entonces pueden empezar a usar la razón. Cuando perciben por sí mismos lo verdadero, cuando saben que matar a otro no es amor, cuando internamente sienten la verdad de que no debe haber antagonismo en la relación con otro, ninguna cantidad de razonamientos puede destruir esa verdad. Entonces no hay político ni sacerdote ni padre que puedan sacrificarles por una idea o por la propia seguridad de ellos.

Los viejos siempre han sacrificado a los jóvenes. Cuando ustedes sean mayores, ¿sacrificarán a su vez a los jóvenes? ¿No quieren poner fin a este sacrificio? Porque ésta es la más destructiva forma de vivir, es uno de los mayores factores de deterioro humano. Para terminar con ello, cada uno de ustedes, como individuo, tiene que descubrir por sí mismo la verdad. Sin pertenecer a ninguna organización, tienen que descubrir la verdad que hay en no matar, en sentir amor, en no tener antagonismo. Entonces, ninguna cantidad de palabras, de agudos razonamientos podrán persuadirles para que maten o sacrifiquen a otro ser humano.

Es muy importante, pues, mientras son jóvenes, que examinen, que examinen estas cosas por sí mismos, y
de ese modo echen los cimientos para el descubrimiento de la verdad.

Interlocutor: ¿Cuál es el propósito de la creación?

K.: ¿Estás realmente interesado en eso? ¿Qué es lo que entiendes por "creación"? ¿Cuál es el propósito del vivir? ¿Por qué existen ustedes, por qué leen, estudian, dan exámenes? ¿Cuál es el propósito de la relación, la relación de padres e hijos, de marido y mujer? ¿Qué es la vida? ¿Es eso lo que quieres decir cuando preguntas: "¿Cuál es el propósito de la creación?". ¿Cuándo formulas una pregunta así? Cuando internamente no ves con claridad, cuando te sientes confundido, desdichado, cuando estás a oscuras, cuando no percibes ni sientes por ti mismo la verdad de ello; entonces quieres saber cuál es el propósito de la vida.
Y bien, hay muchas personas que te dirán cuál es el propósito de la vida, te dirán lo que dicen los libros sagrados. Personas ingeniosas seguirán inventándole diversos propósitos a la vida. El grupo político tendrá un propósito, el grupo religioso tendrá otro y así sucesivamente. ¿Y cómo vas a descubrir cuál es el propósito de la vida cuando tú mismo estás confundido? Ciertamente, en tanto estés confundido, sólo podrás recibir una respuesta también confusa. Si tu mente está perturbada, si no se halla realmente quieta, cualquier respuesta que recibas lo será a través de esta pantalla de confusión, de ansiedad, de temor; por lo tanto, la respuesta llegará desnaturalizada. Lo importante, pues, no es preguntar cuál es el propósito de la vida, sino aclarar la confusión que hay dentro de uno. Es como un ciego que pregunta: "¿Qué es la luz?". Si trato de decirle qué es la luz, él escuchará de acuerdo con su ceguera, con su oscuridad; pero en el instante en que pueda ver, jamás preguntará qué es la luz. La luz está ahí.
De igual modo, si puedes aclarar la confusión dentro de ti mismo, descubrirás cuál es el propósito de la vida; no tendrás que preguntar por él, no tendrás que buscarlo. Para estar libres de la confusión tenemos que ver y comprender las causas que originan la confusión; y las causas de la confusión están muy claras. Se hallan arraigadas en el "yo", que está deseando constantemente expandirse mediante la posesión, mediante el devenir, el éxito, la imitación; y los síntomas son los celos, la envidia, la codicia, el temor. En tanto exista esta confusión interna, estarás siempre buscando respuestas externas; pero cuando la confusión interna se haya aclarado, entonces conocerás el significado de la vida.

Interlocutor: ¿Qué es el karma ?

K.: Karma es una de las palabras peculiares que usamos, es una de esas palabras en que se halla atrapado nuestro pensamiento. El hombre pobre tiene que aceptar la vida en los términos de una teoría. Tiene que aceptar la miseria, el hambre, la escualidez, porque está desnutrido y no tiene la energía para romper con ello y crear una revolución. Tiene que aceptar lo que la vida le da, por eso dice: "Es mi karma ser así"; y los políticos, los grandes hombres le alientan para que acepte su desdicha. Ustedes no desean que se rebele contra todo esto, ¿verdad? Pero cuando le pagan al pobre tan poco, teniendo ustedes tanto, es muy probable que eso suceda; entonces usan la palabra karma para fomentar la aceptación de la miseria en su vida.
El hombre educado, el que ha alcanzado el éxito, el que ha heredado, el que ha llegado a la cima de las
cosas, el que tiene poder, posición y los medios de corrupción, él también dice: "Es mi karma. He obrado bien en una vida anterior y ahora estoy cosechando el premio por mis acciones pasadas".
¿Pero cuál es el significado del karma? ¿Aceptar las cosas como están? ¿Comprenden? ¿Acaso karma
quiere decir aceptar las cosas sin cuestionarlas, sin una pizca de rebelión? Ésa es la actitud que todos
tenemos. Así que ya ves cuán fácilmente ciertas palabras se vuelven una red en la que quedamos atrapados, porque no estamos realmente vivos. El verdadero significado de esa palabra karma no puede entenderse como una teoría; no pueden comprenderlo si dicen: "Eso es lo que afirma el Bhagavad Gita".
¿Saben?, la mente comparativa es la más estúpida de todas las mentes porque no reflexiona, sólo dice: "He
leído el libro tal y tal y lo que usted dice es lo mismo". Quien dice esto ha dejado de pensar; cuando comparamos, ya no investigamos para descubrir lo verdadero, para descubrirlo sin tener en cuenta lo que puedan haber dicho algún libro o gurú en particular. Lo esencial, pues, es descartar a todas las autoridades e investigar, descubrir, no comparar. La comparación es el culto de la autoridad, es imitación, irreflexión. El comparar constituye la naturaleza misma de una mente que no está despierta para descubrir lo que es
verdadero. Ustedes dicen: "Es así, es como lo que dijo el Buda", y piensan que de ese modo han resuelto sus problemas. Pero para descubrir realmente la verdad de cualquier cosa, uno tiene que ser extremadamente activo, vigoroso, tiene que confiar en sí mismo, y no podemos tener confianza en nosotros mismos mientras estemos pensando comparativamente. Por favor, escuchen esto. Si no confían en sí mismos, pierden todo poder de investigar y descubrir lo verdadero. Esa confianza en uno mismo trae cierta libertad en lo que descubrimos; y esa libertad nos es negada cuando estamos comparando.

Interlocutor: ¿Hay un elemento de miedo en el respeto?

K.: ¿Qué dices tú? Cuando muestras respeto hacia tu maestro, hacia tus padres, hacia tu gurú, y falta de respeto hacia tu sirviente; cuando pateas a los que no son importantes para ti y lames las botas a los que estánpor encima de ti, los funcionarios, los políticos, los encumbrados, ¿no hay en esto un elemento de miedo? Delas personas importantes, del maestro, del examinador, del profesor, de tus padres, del político, del gerente debanco, esperas obtener alguna cosa; en consecuencia, eres respetuoso. ¿Pero qué pueden darte los pobres?
Por lo tanto, los pasas por alto, los tratas con desprecio, ni siquiera sabes que están ahí cuando pasan junto a tien la calle. No los miras, no te preocupa que tiriten de frío, que estén sucios y hambrientos. Pero a lospersonajes importantes, a los grandes del país les darás algo, aunque tengas muy poco, a fin de recibir más desus favores. En esto hay definitivamente un elemento de miedo, ¿no es así? No hay amor. Si tuvieras amoren tu corazón, mostrarías respeto a aquellos que no tienen nada y también a los que lo tienen todo; no sentiríasmiedo de los que tienen ni descuidarías a los que no tienen. El respeto con la esperanza de una recompensa es el resultado del miedo. En el amor no hay miedo.


— Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir"