domingo, 20 de diciembre de 2015

CURSO BÁSICO DE INJUSTICIA

La publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes de consumo, obligatorias para todos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones
al delito. Las páginas policiales de los diarios enseñan más sobre las contradicciones de nuestro tiempo que las páginas de información política y económica.
Este mundo, que ofrece el banquete a todos y cierra la puerta en las narices de tantos es, al mismo tiempo, igualador y desigual: igualador en las ideas y en las costumbres que impone, y desigual en las oportunidades que brinda.

La igualación y la desigualdad
La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo.
La maquinaria de la igualación compulsiva actúa contra la más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferencias y desde ellas se vincula. Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años.

La igualación, que nos uniformiza y nos emboba, no se puede medir. No hay computadora capaz de registrar los crímenes cotidianos que la industria de la cultura de
masas comete contra el arcoiris humano y el humano derecho a la identidad. Pero sus demoledores progresos rompen los ojos. El tiempo se va vaciando de historia y el espacio ya no reconoce la asombrosa diversidad de sus partes. A través de los medios masivos de comunicación, los dueños del mundo nos comunican la obligación que todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja los valores de la cultura de consumo.

Quien no tiene, no es: quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir.

Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería, estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales, a los ojos de todos, las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte y sur, dicho sea de paso, son términos que en este texto designan el reparto de la torta mundial, y no siempre coinciden con la geografía.)

¿Qué pasa con los millones y millones de niños latinoamericanos que serán jóvenes condenados a la desocupación o a los salarios de hambre? La publicidad, ¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? La televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia, que los videojuegos complementan. El crimen es el espectáculo más exitoso de la pantalla chica. Golpea antes de que te golpeen, aconsejan los maestros electrónicos de los videojuegos. Estás solo, sólo cuentas contigo. Coches que vuelan, gente que estalla: Tú también puedes matar.

Y, mientras tanto, crecen las ciudades, las ciudades latinoamericanas ya están siendo las más grandes del mundo. Y con las ciudades, a ritmo de pánico, crece el delito.
La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materias primas a precio irrisorio, para abatir sus costos de producción. El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos. Esta paradoja es madre de otra paradoja: el norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes. Al apoderarse de los fetiches que brindan la existencia real a las personas, cada asaltante quiere tener lo que su víctima tiene, para ser lo que su víctima es. Armaos los unos a los otros: hoy por hoy, en el manicomio de las calles, cualquiera puede morir de bala: el que ha nacido para morir de hambre y también el que ha nacido para morir de indigestión.

No se puede reducir a cifras la igualación cultural impuesta por los moldes de la sociedad de consumo. La desigualdad económica, en cambio, tiene quien la mida. La confiesa el Banco Mundial, que tanto hace por ella, y la confirman los diversos organismos de las Naciones Unidas. Nunca ha sido menos democrática la economía mundial, nunca ha sido el mundo tan escandalosamente injusto. En 1960, el veinte por ciento de la humanidad, el más rico, tenía treinta veces más que el veinte por ciento más pobre. En 1990, la diferencia era de sesenta veces. Desde entonces, se ha seguido abriendo la tijera:
en el año 2000, la diferencia será de noventa veces.
 
 
La excepción
Existe un solo lugar donde el norte y el sur del mundo se enfrentan en igualdad de condiciones: es una cancha de fútbol de Brasil, en la desembocadura del río Amazonas.
La línea del ecuador corta por la mitad el estadio Zerâo, en Amapá, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro en el norte.
 
 
Pensamos
En los extremos de los extremos, entre los ricos riquísimos, que aparecen en las páginas pornofinancieras de las revistas Forbes y Fortune, y los pobres pobrísimos, que aparecen en las calles y en los campos, el abismo resulta mucho más hondo. Una mujer embarazada
corre cien veces más riesgo de muerte en África que en Europa. El valor de los productos para mascotas animales que se venden, cada año, en los Estados Unidos, es cuatro veces mayor que toda la producción de Etiopía. Las ventas de sólo dos gigantes, General Motors y Ford, superan largamente el valor de la producción de toda el África negra. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diez personas, los diez opulentos más
opulentos del planeta, tienen una riqueza equivalente al valor de la producción total de cincuenta países, y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad.

El responsable de este organismo de las Naciones Unidas, James Gustave Speth, declaró en 1997 que, en el último medio siglo, la cantidad de pobres se ha triplicado, y mil seiscientos millones de personas están viviendo peor que hace quince años.
Poco antes, en la asamblea del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, el presidente del Banco Mundial había echado un balde de agua fría sobre la concurrencia. En plena celebración de la buena marcha del gobierno del planeta, que ambos organismos
ejercen, James Wolfensohn advirtió: si las cosas siguen así, en treinta años más habrá cinco mil millones de pobres en el mundo, «y la desigualdad estallará, como una bomba de relojería, en la cara de las próximas generaciones». Mientras tanto, sin cobrar en dólares, ni
en pesos, ni en especies siquiera, una mano anónima proponía en un muro de Buenos Aires: ¡Combata el hambre y la pobreza! ¡Cómase un pobre!

Para documentar nuestro optimismo, como aconseja Carlos Monsiváis, el mundo sigue su marcha: dentro de cada país, se reproduce la injusticia que rige las relaciones entre los países, y se va abriendo más y más, año tras año, la brecha entre los que tienen todo y los
que tienen nada. Bien lo sabemos en América. Al norte, en los Estados Unidos, los más ricos disponían, hace medio siglo, del veinte por ciento de la renta nacional. Ahora, tienen el cuarenta por ciento. ¿Y al sur? América latina es la región más injusta del mundo. En ningún otro lugar se distribuyen de tan mala manera los panes y los peces; en ningún otro lugar es tan inmensa la distancia que separa a los pocos que tienen el derecho de mandar,  de los muchos que tienen el deber de obedecer.

La economía latinoamericana es una economía esclavista que se hace la posmoderna:
paga salarios africanos, cobra precios europeos, y la injusticia y la violencia son las mercancías que produce con más alta eficiencia.

Ciudad de México, 1997, datos oficiales: ochenta por ciento de pobres, tres por ciento de ricos y, en el medio, los demás. Y la ciudad de México es la capital del país que más multimillonarios de fortuna súbita ha generado en el mundo de los años noventa: según los datos de las Naciones Unidas, un solo mexicano posee una riqueza equivalente a la que suman diecisiete millones de mexicanos pobres.

No hay en el mundo ningún país tan desigual como Brasil, y algunos analistas ya están hablando de la brasilización del planeta, para trazar el retrato del mundo que viene. Y al decir brasilización no se refieren, por cierto, a la difusión internacional del fútbol alegre, del carnaval espectacular y de la música que despierta a los muertos, maravillas donde Brasil resplandece a la mayor altura, sino a la imposición, en escala universal, de un modelo de sociedad fundado en la injusticia social y la discriminación racial. En ese modelo, el crecimiento de la economía multiplica la pobreza y la marginación. Belindia es otro nombre de Brasil: así bautizó el economista Edmar Bacha a este país donde una minoría consume como los ricos de Bélgica, mientras la mayoría vive como los pobres de la India.

En la era de las privatizaciones y del mercado libre, el dinero gobierna sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al estado? El estado debe ocuparse de la
disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y de la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un estado juez y gendarme, y poco más. En muchos países del mundo, la justicia social ha sido reducida a justicia penal.
El estado vela por la seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza.

Aunque la administración pública quiera disfrazarse de madre piadosa, no tiene más remedio que consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En estos tiempos neoliberales, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder
se ocupa de la salud pública y de la educación pública, como si fueran formas de la caridad pública, en vísperas de elecciones.
 
 
Puntos de vista, 1
Desde el punto de vista del búho, del murciélago, del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la hora del desayuno.
La lluvia es una maldición para el turista y una buena noticia para el campesino.
Desde el punto de vista del nativo, el pintoresco es el turista.
Desde el punto de vista de los indios de las islas del mar Caribe, Cristóbal Colón, con su sombrero de plumas y su capa de terciopelo rojo, era un papagayo de dimensiones jamás vistas.
 
 
La pobreza mata cada año, en el mundo, más gente que toda la segunda guerra mundial, que a muchos mató. Pero, desde el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin y al cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está creciendo demasiado. Los expertos denuncian los excedentes de población al sur del mundo, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento, día y noche: las
mujeres siempre quieren y los hombres siempre pueden.

¿Excedentes de población en Brasil, donde hay diecisiete habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay veintinueve? Holanda tiene cuatrocientos habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia un puñado de voraces se queda con todo. Haití y El Salvador son los países más superpoblados de las Américas, y están tan superpoblados como Alemania.

El poder, que practica la injusticia y vive de ella, transpira violencia por todos los poros.
Sociedades divididas en buenos y malos: en los infiernos suburbanos acechan los condenados de piel oscura, culpables de su pobreza y con tendencia hereditaria al crimen: la publicidad les hace agua la boca y la policía los echa de la mesa.

El sistema niega lo que ofrece, objetos mágicos que hacen realidad los sueños, lujos que la tele promete, las luces de neón anunciando el paraíso en las noches de la ciudad, esplendores de la riqueza virtual: como bien saben los dueños de la riqueza real, no hay valium que pueda calmar tanta ansiedad, ni prozac capaz de apagar tanto tormento. La cárcel y las balas son la terapia de
los pobres.

Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia
merece. La pobreza puede merecer lástima, en todo caso, pero ya no provoca indignación: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino. Tampoco la violencia es hija de la injusticia. El lenguaje dominante, imágenes y palabras producidas en serie, actúa casi siempre al servicio de un sistema de recompensas y castigos, que concibe la vida como una despiadada carrera entre pocos ganadores y muchos perdedores nacidos para perder. La violencia se exhibe, por regla general, como el fruto de la mala conducta de los malos perdedores, los numerosos y peligrosos inadaptados sociales que generan los barrios
pobres y los países pobres. La violencia está en su naturaleza. Ella corresponde, como la pobreza, al orden natural, al orden biológico o, quizá, zoológico: así son, así han sido y así seguirán siendo. La injusticia, fuente del derecho que la perpetúa, es hoy por hoy más injusta que nunca, al sur del mundo y al norte también, pero tiene poca o ninguna existencia para los grandes medios de comunicación que fabrican la opinión pública en escala universal.

El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso. Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam, escribió un libro donde reconoció que la guerra fue un error. Pero esa guerra, que mató a más de tres millones de vietnamitas y a cincuenta y ocho mil norteamericanos, no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. Según McNamara, ya en 1965 había abrumadoras evidencias que demostraban la imposibilidad del triunfo de las
fuerzas invasoras, pero el gobierno norteamericano siguió actuando como si la victoria fuese posible. El hecho de que los Estados Unidos hayan pasado quince años practicando el terrorismo internacional para imponer, en Vietnam, un gobierno que los vietnamitas no querían, está fuera de cuestión. Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la
segunda guerra mundial es un detalle que carece de importancia.
Al fin y al cabo, en su larga matanza, los Estados Unidos habían estado ejerciendo el derecho de las grandes potencias a invadir a quien sea y obligar a lo que sea. Los militares, los mercaderes, los banqueros, y los fabricantes de opiniones y de emociones de los países dominantes tienen el derecho de imponer a los demás países dictaduras militares o gobiernos dóciles, pueden dictarles la política económica y todas las políticas, pueden darles la orden de aceptar intercambios ruinosos y empréstitos (préstamos) usureros, pueden exigir servidumbre a sus estilos de vida y pueden digitar sus tendencias de consumo. Es un derecho natural, consagrado por la impunidad con que se ejerce y la rapidez con que se olvida.
 
 
Punto de vista, 2
Desde el punto de vista del sur, el verano del norte es invierno.
Desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía.
Donde los hindúes ven una vaca sagrada, otros ven una gran hamburguesa.
Desde el punto de vista de Hipócrates, Galeno, Maimónides y Paracelso, existía una enfermedad llamada indigestión, pero no existía una enfermedad llamada hambre.
Desde el punto de vista de sus vecinos del pueblo de Cardona, el Toto Zaugg, que andaba con la misma ropa en verano y en invierno, era un hombre admirable:
-El Toto nunca tiene frío -decían.
Él no decía nada. Frío tenía: lo que no tenía era un abrigo.
 
 
La memoria del poder no recuerda: bendice. Ella justifica la perpetuación del privilegio por derecho de herencia, absuelve los crímenes de los que mandan y proporciona coartadas a su discurso. La memoria del poder, que los centros de educación y los medios de comunicación difunden como única memoria posible, sólo escucha las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización. La impunidad exige la desmemoria. Hay países y personas exitosas y hay países y personas fracasadas, porque los eficientes merecen premio y los inútiles, castigo. Para que las infamias puedan ser convertidas en hazañas, la memoria del norte se divorcia de la memoria del sur, la acumulación se desvincula del
vaciamiento, la opulencia no tiene nada que ver con el despojo.

"La memoria rota nos hace creer que la riqueza y la pobreza vienen de la eternidad y hacia la eternidad caminan, y que así son las cosas porque Dios, o la costumbre, quieren que así sean."
 
 
Punto de vista, 3
Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe mil dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas personas aparece recibiendo quinientos dólares en el cómputo del ingreso per cápita.
Desde el punto de vista de la lucha contra la inflación, las medidas de ajuste son un buen remedio. Desde el punto de vista de quienes las padecen, las medidas de ajuste multiplican el cólera, el tifus, la tuberculosis y otras maldiciones.
 
 
Octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven, undécimo mandamiento del Señor: por todas partes se escuchan himnos de alabanza al mercado libre, fuente de prosperidad y garantía de democracia. La libertad de comercio se vende como nueva, pero
tiene una historia larga. Y esa historia tiene mucho que ver con los orígenes de la injusticia, que en nuestro tiempo reina como si hubiera nacido de un repollo, o de la oreja de una cabra: hace tres o cuatro siglos, Inglaterra, Holanda y Francia ejercían la piratería, en nombre de la libertad de comercio, mediante los buenos oficios de sir Francis Drake, Henry Morgan, Piet Heyn, Franzois Lolonois y otros neoliberales de la época; la libertad de comercio fue la coartada que toda Europa usó para enriquecerse vendiendo carne humana, en el tráfico de esclavos; cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de comercio, y las telas norteamericanas, más caras y más feas que las telas inglesas, se hicieron obligatorias, desde el pañal del bebé hasta la mortaja del muerto; después, sin embargo, los Estados Unidos enarbolaron la libertad de comercio para obligar a muchos países latinoamericanos al consumo de sus mercancías, sus empréstitos y sus dictadores militares;
envueltos en los pliegues de esa misma bandera, los soldados británicos impusieron el consumo de opio en China, a cañonazos, mientras el filibustero William Walker restablecía la esclavitud, también a cañonazos, y también en nombre de la libertad, en América Central; rindiendo homenaje a la libertad de comercio, la industria británica redujo a la India a la última miseria, y la banca británica ayudó a financiar el exterminio del Paraguay, que hasta
1870 había sido el único país latinoamericano de veras independiente; pasó el tiempo y a Guatemala se le ocurrió, en 1954, practicar la libertad de comercio
comprando petróleo a la Unión Soviética, y entonces los Estados Unidos organizaron una fulminante invasión, que puso las cosas en su lugar; y poco después, también Cuba ignoró que su libertad de comercio consistía en aceptar los precios que se le imponían, compró el prohibido petróleo ruso, y ahí se armó el tremendo lío que desembocó en la invasión de Playa Girón y en el bloqueo interminable.
 
 
El lenguaje, 1
Las empresas multinacionales se llaman así porque operan en muchos países a la vez, pero pertenecen a los pocos países que monopolizan la riqueza, el poder político, militar y cultural, el conocimiento científico y la alta tecnología. Las diez mayores multinacionales suman actualmente un ingreso mayor que el de cien países juntos.
Países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno. Según las Naciones Unidas, los países en desarrollo envían a los países desarrollados, a través de las desiguales relaciones comerciales y financieras, diez veces más dinero que el dinero que reciben por la ayuda externa.
Ayuda externa se llama el impuestito que el vicio paga a la virtud en las relaciones internacionales. La ayuda externa se distribuye de tal manera que, por regla general, confirma la injusticia, y rara vez la contradice. El África negra padecía, en 1995, el 75 por ciento de los casos de sida en el mundo, pero recibía el tres por ciento de los fondos distribuidos por los organismos internacionales para la prevención de esa peste.
 
 
Todos los antecedentes históricos enseñan que la libertad de comercio y las demás libertades del dinero se parecen a la libertad de los países, tanto como Jack el Destripador se parecía a san Francisco de Asís. El mercado libre ha convertido a nuestros países en bazares repletos de chucherías importadas, que la mayoría de la gente puede mirar pero no puede tocar. Así ha sido desde los lejanos tiempos en que los comerciantes y los terratenientes usurparon la independencia, conquistada por nuestros soldados descalzos, y la pusieron en venta. Entonces fueron aniquilados los talleres artesanales que podían haber incubado a la industria nacional. Los puertos y las grandes ciudades, que arrasaron al interior, eligieron los delirios del consumo en lugar de los desafíos de la creación. Han pasado los años, y en los supermercados de Venezuela he visto bolsitas de agua de Escocia para acompañar al whisky. En ciudades centroamericanas donde hasta las piedras transpiran a chorros, he visto estolas de piel para damas copetudas. En Perú, enceradoras eléctricas alemanas, para casas de pisos de tierra que no tenían electricidad. En Brasil, palmeras de plástico compradas en Miami.

Otro camino, el inverso, recorrieron los países desarrollados. Ellos nunca dejaron entrar a Herodes en sus cumpleaños infantiles. El mercado libre es la única mercancía que fabrican sin subsidios, pero sólo con fines de exportación. Ellos la venden, nosotros la compramos. Sigue siendo muy generosa la ayuda que sus estados brindan a la producción agrícola nacional, que así puede derramarse sobre nuestros países a precios baratísimos, a pesar de sus costos altísimos, condenando a la ruina a los campesinos del sur del mundo.

Cada productor rural de los Estados Unidos recibe, en promedio, subsidios estatales cien veces mayores que el ingreso de un agricultor de las islas Filipinas, según los datos de las Naciones Unidas. Y eso por no hablar del feroz proteccionismo de las potencias desarrolladas en la custodia de lo que más le importa: el monopolio de las tecnologías punta, de la biotecnología y de las industrias del conocimiento y de la comunicación, privilegios defendidos a rajatabla para que el norte siga sabiendo y el sur siga repitiendo, y que así sea por los siglos de los siglos.

Continúan siendo altas muchas de las barreras económicas, y más altas que nunca se alzan todas las barreras humanas. No hay más que echar un vistazo a las nuevas leyes de inmigración en los países europeos, o al muro de acero que los Estados Unidos están construyendo a lo largo de la frontera con México: éste no es un homenaje a los caídos del muro de Berlín, sino que es una puerta cerrada, una más, en las relaciones de los
trabajadores mexicanos que insisten en ignorar que la libertad de mudarse de un país es un privilegio del dinero. (Para que el muro no resulte tan desagradable, se anuncia que será pintado de color salmón, lucirá azulejos decorados con arte infantil y tendrá agujeritos para
mirar al otro lado.)

Cada vez que se reúnen, y se reúnen con inútil frecuencia, los presidentes de las Américas emiten resoluciones repitiendo que el mercado libre contribuirá a la prosperidad.
A la prosperidad de quién, no queda claro. La realidad, que también existe aunque a veces se note poco, y que no es muda aunque a veces se hace la callada, nos informa que el libre flujo de capitales está engordando cada día más a los narcotraficantes y a los banqueros
que dan refugio a sus narcodólares. El derrumbamiento de los controles públicos, en las finanzas y en la economía, les facilita el trabajo: les proporciona buenas máscaras y les permite organizar, con mayor eficacia, los circuitos de distribución de drogas y el lavado del dinero sucio. También dice la realidad que esa luz verde está sirviendo para que el norte del mundo pueda dar rienda suelta a su generosidad, instalando al sur y al este sus industrias más contaminantes, pagando salarios simbólicos y obsequiándonos sus residuos nucleares y otras basuras.
 
 
El lenguaje, 2
En 1995, la prensa argentina reveló que algunos directores del Banco Nación habían recibido treinta y siete millones de dólares de la empresa norteamericana IBM, a cambio de una contratación de servicios cotizados en 120 millones de dólares por encima del precio normal.
Tres años después, esos directores del banco estatal reconocieron que habían cobrado y depositado en Suiza tales dineritos, pero tuvieron el buen gusto de evitar la palabra soborno o la grosera expresión popular coima: uno usó la palabra gratificación, otro dijo que era una gentileza, y el más delicado explicó que se trataba de un reconocimiento por la alegría de la IBM.
 
 
El lenguaje, 3
En la época victoriana, no se podían mencionar los pantalones en presencia de una señorita.
Hoy por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública: el capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado; el imperialismo se llama globalización; las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo, que es como llamar niños a los enanos; el oportunismo se llama pragmatismo; la traición se llama realismo; los pobres se llaman carentes, o carenciados, o personas de escasos recursos; la expulsión de los niños pobres por el sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar; el derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral; el lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría; en lugar de dictadura militar, se dice proceso; las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas; cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos; el saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito; se llaman accidentes los crímenes que cometen los automóviles; para decir ciegos, se dice no videntes;
un negro es un hombre de color; donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o sida; repentina dolencia significa infarto; nunca se dice muerto, sino desaparición física; tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares: los muertos en batalla son bajas, y los civiles que se la ligan sin comerla ni beberla, son daños colaterales; en 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró: «No me gusta esa palabra bomba. No son bombas. Son artefactos que explotan»; se llaman Convivir algunas de las bandas que asesinan gente en Colombia, a la sombra de la protección militar; Dignidad era el nombre de unos de los campos de concentración de la dictadura chilena y Libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya; se llama Paz y Justicia el grupo paramilitar que, en 1997, acribilló por la espalda a cuarenta y cinco campesinos, casi todos mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.
 
 
— Eduardo Galeano; "Patas Arriba" —

sábado, 19 de diciembre de 2015

LAS FUENTES DE LA FELICIDAD

2. Hace dos años, una amiga mía tuvo un inesperado golpe de suerte. Dieciocho meses antes de tenerlo había dejado su trabajo como enfermera para asociarse con dos amigos en una pequeña empresa de servicios sanitarios. El nuevo negocio tuvo un éxito fulgurante y, al cabo de dieciocho meses, fue adquirido por una gran empresa, que les pagó una enorme suma. Tras unos inicios modestos, mi amiga entró en posesión de un patrimonio que le permitió 
retirarse a la edad de treinta y dos años. La vi no hace mucho y le pregunté cómo disfrutaba de su jubilación 
anticipada.

-Bueno -me contestó-, es magnífico poder viajar y hacer todas las cosas que siempre he deseado. Sin embargo -añadió-, aunque parezca extraño, después del entusiasmo por haber ganado tanto dinero, todo volvió más o menos a la normalidad. Claro que ahora tengo una casa nueva y muchas más cosas, pero en conjunto no creo que sea mucho más feliz que antes.

Aproximadamente por la misma época en que mi amiga obtenía sus inesperados beneficios, otro amigo mío de la misma edad descubrió que era seropositivo. Hablamos acerca de cómo afrontaba su nueva situación.

-Naturalmente, al principio estaba desolado -me dijo-. Y tardé casi un año en aceptar el hecho de que tenía el virus del sida. Pero las cosas han cambiado este último año. Tengo la impresión de que cada día recibo mucho más que antes y me siento mas feliz que nunca. Parece como si hubiera aprendido a apreciar las cosas cotidianas y me siento agradecido por el hecho de que, hasta el momento, no haya desarrollado ningún síntoma grave y pueda disfrutar realmente de las cosas que tengo. Y aunque, desde luego, preferiría no ser seropositivo, tengo que admitir que eso ha 
transformado mi vida en algunos aspectos... y favorablemente.

-¿De qué forma? -le pregunté. 
-Bueno, siempre he mostrado tendencia a ser un consumado materialista. Durante el pasado año, sin embargo, el hecho de haberme reconciliado con mi destino me dio acceso a un mundo completamente nuevo. Por primera vez en mi vida he empezado a explorar la espiritualidad a leer muchos libros sobre el tema y hablar con la gente..., a descubrir muchas cosas que antes ni siquiera imaginaba que existieran. Eso hace que me sienta muy animado simplemente al levantarme por la mañana, ansiando ver qué traerá el nuevo día.

Estas dos personas ilustran una cuestión esencial: que la felicidad está determinada más por el estado mental que por los acontecimientos externos. El éxito puede dar como resultado una sensación temporal de regocijo, o la tragedia puede arrojamos a un período de depresión, pero nuestro estado de ánimo tiende a recuperar tarde o temprano un cierto tono normal. Los psicólogos llaman «adaptación» a este proceso, y todos podemos observar cómo actúa en nuestra vida cotidiana: un aumento de sueldo, un coche nuevo o el reconocimiento por parte de nuestros semejantes 
pueden levantar nuestro ánimo durante un tiempo, pero no tardamos en regresar a nuestro nivel habitual. Del mismo modo, la discusión con un amigo, el tener que dejar el coche en el taller o algún contratiempo nos deja abatidos, pero nos volvemos a animar en cuestión de días.

Esta tendencia no se limita a ser una respuesta a hechos triviales, sino que se muestra en condiciones más extremas de triunfo o de desastre. Las investigaciones realizadas con los ganadores de la lotería estatal de Illinois o la lotería británica descubrieron que el entusiasmo inicial terminaba por desaparecer y los individuos regresaban a su estado de animo habitual. Otros estudios han demostrado que incluso quienes se han visto afectados por acontecimientos catastróficos, como el cáncer, la ceguera o la parálisis, suelen recuperar o aproximarse mucho a su nivel anímico normal después de un período de adaptación.

Así pues, si siempre regresamos a nuestro nivel habitual, con independencia de las condiciones externas que nos afectan, ¿qué es lo que determina ese nivel habitual? Y, lo que es más importante '¿se puede modificar este y establecer un nivel superior? Recientemente, algunos Investigadores han argumentado que el nivel de bienestar de cada individuo está determinado genéticamente, al menos hasta cierto punto: estudios como el que ha descubierto que los gemelos univitelinos o idénticos (que comparten la misma dotación genética) tienden a mostrar niveles anímicos muy similares, al margen de que fueran educados juntos o separados, han inducido a los investigadores a postular la existencia de una tendencia determinada biológicamente, presente ya en el cerebro en el momento de nacer. 
Pero aunque la dotación genética tuviera un papel en la felicidad cuya importancia aún no se ha establecido, la mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que, al margen de ella, podemos trabajar con el «factor mental» e intensificar las sensaciones que tenemos de felicidad. Ello se debe a que nuestra felicidad cotidiana está determinada en buena medida por nuestra perspectiva. De hecho, que nos sintamos felices o desdichados en un momento determinado frecuentemente tiene que ver sobre todo con la forma de percibir nuestra situación, con lo satisfechos que nos sintamos con lo que tenemos actualmente.

LA MENTE QUE COMPARA.
¿Qué define nuestra percepción y nivel de satisfacción? Esas sensaciones están fuertemente influidas por nuestra tendencia a comparar. Al comparar nuestra situación actual con nuestro pasado y descubrir que estamos mejor, nos sentimos felices. Eso sucede cuando nuestros ingresos saltan, por ejemplo, de 20.000 a 30.000 dólares anuales; pero 
no es la cantidad absoluta lo que nos hace felices, como descubrimos en cuanto nos acostumbramos a los nuevos ingresos y ciframos nuestra felicidad en la consecución de 40.000 dólares anuales. Miramos también a nuestro alrededor y nos comparamos con los demás. Por mucho que ganemos, tendemos a sentimos insatisfechos si el vecino está ganando más. Los atletas profesionales se quejan de ganar sólo uno, dos o tres millones de dólares cuando se citan los ingresos superiores de un compañero de equipo. Esta tendencia parece apoyar la definición de H. L. Mencken de un hombre rico: alguien que gana cien dólares más que el marido de su cuñada. 
Vemos, pues, que nuestros sentimientos de satisfacción dependen a menudo de tales comparaciones. Naturalmente, también las establecemos respecto a otras cosas. La comparación constante con quienes son más listos, más atractivos y obtienen más triunfos que nosotros tiende a alimentar la envidia, la frustración y la infelicidad. Pero también podemos utilizar esta actitud de una forma positiva; es posible intensificar nuestra sensación de satisfacción vital paragonándonos con aquellos que son menos afortunados y apreciando lo que poseemos.

Los investigadores han llevado a cabo una serie de experimentos que demuestran que el nivel de satisfacción vital se eleva al cambiar simplemente la perspectiva y considerar situaciones peores. Durante un estudio se mostró a mujeres de la Universidad de Wisconsin, en Milwaukee, imágenes de las condiciones de vida extremadamente duras reinantes en dicha ciudad a principios de siglo, o se les pidió que imaginaran y escribieran sobre hipotéticas tragedias personales, como resultar quemadas o desfiguradas. Después de esto, se pidió a las mujeres que calificaran la calidad de sus vidas. El ejercicio tuvo como resultado un incremento de satisfacción en su juicio. En otro experimento, llevado a cabo en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, se pidió a los sujetos que completaran la frase «Me siento 
contento de no ser un...». Tras haber repetido cinco veces este ejercicio, los sujetos experimentaron un claro aumento de su sensación de satisfacción vital. Los investigadores pidieron a otro grupo que completara la frase «Desearía ser...». Esta vez, el experimento dejó a los sujetos más insatisfechos con sus vidas. 
Estos experimentos, que muestran que podemos aumentar o disminuir nuestra sensación de satisfacción cambiando nuestra perspectiva, indican con claridad el papel de la actitud mental.

El Dalai Lama explica: 
-Aunque es posible alcanzar la felicidad, ésta no es algo simple. Existen muchos niveles. En el budismo, por ejemplo, se hace referencia a los cuatro factores de la realización o felicidad: riqueza, satisfacción mundana, espiritualidad e iluminación. Juntos, abarcan la totalidad de las expectativas de felicidad de un individuo. Dejemos de lado por un momento las más altas aspiraciones religiosas o espirituales, como la perfección y la iluminación, y abordemos la alegría y la felicidad tal como las entendemos desde una perspectiva mundana. Dentro de este contexto, hay ciertos elementos clave que contribuyen a la alegría y la felicidad. La buena salud, por ejemplo, se considera un elemento necesario de una vida feliz. Otra fuente de felicidad son nuestras posesiones materiales o el grado de riqueza que acumulamos. Y también tener amistades o compañeros. Todos reconocemos que, para disfrutar de una vida plena, necesitamos de un círculo de amigos con los que podamos relacionamos emocionalmente y en los que podamos confiar. 
»Todos estos factores son, de hecho, fuentes de felicidad. Pero para que un individuo pueda utilizarlos plenamente con el propósito de disfrutar de una vida feliz y realizada, la clave se encuentra en el estado de ánimo. Es lo esencial.

»Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, como la riqueza o la buena salud, éstas pueden transformarse en factores que contribuyan a alcanzar una vida más feliz. Y, naturalmente, disfrutamos de nuestras posesiones materiales, éxito, etcétera. Pero sin la actitud mental correcta, sin atención a ese factor, esas cosas tienen 
muy poco impacto sobre nuestros sentimientos a largo plazo«.

Si, por ejemplo, se abrigan sentimientos de odio o de 
intensa cólera se quebranta la salud, destruyendo así una de las circunstancias favorables. Cuando uno se siente infeliz o frustrado, el bienestar físico no sirve de mucha ayuda. Por otro lado, si se logra mantener un estado mental sereno y pacífico, se puede ser una persona feliz aunque se tenga una salud deficiente. Aun teniendo posesiones maravillosas, en un momento intenso de cólera o de odio nos gustaría tirado todo por la borda, romperlo todo. En ese 
momento, las posesiones no significan nada. 
En la actualidad hay sociedades materialmente muy desarrolladas en las que mucha gente no se siente feliz. Por debajo de la brillante superficie de opulencia hay una especie de inquietud que conduce a la frustración, a peleas innecesarias, a la dependencia de las drogas o del alcohol y, en el peor de los casos, al suicidio. No existe, pues, garantía alguna de que la riqueza pueda proporcionar, por sí sola, la alegría o la 
satisfacción que se buscan. Lo mismo cabe decir de los amigos. Desde el punto de vista de la cólera o el odio, hasta el amigo más íntimo parece glacial y distante. 
»Todo esto muestra la tremenda influencia que tiene el estado mental sobre nuestra experiencia cotidiana«. Por tanto, debemos tomamos ese factor muy seriamente. 
»Así pues, dejando aparte la perspectiva de la práctica espiritual, incluso en los términos mundanos del disfrute de la existencia, cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz«.

El Dalai Lama hizo una pausa para dejar que esa idea se asentara en mi mente, antes de añadir: -Debería señalar que cuando hablamos de un estado mental sereno, de paz mental: no debiéramos confundirlo con un estado mental insensible y apático. Tener un estado mental sereno o pacífico no significa permanecer distanciado o vacío. La paz mental o el estado de serenidad de la mente tiene sus raíces en el afecto y la compasión, supone un elevado nivel de 
sensibilidad y sentimiento. 
Luego, a modo de síntesis, concluyó: 
-Cuando se carece de la disciplina interna que produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que estas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Por otro lado, si se posee esta cualidad interna: la serenidad mental y estabilidad interior, es posible tener una vida gozosa, aunque 
falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

SATISFACCIÓN INTERIOR
Una tarde, al cruzar el aparcamiento del hotel para reunirme con el Dalai Lama, me detuve para admirar un Toyota Land Cruiser totalmente nuevo, el tipo de coche que deseaba tener desde hacía mucho tiempo. Al empezar la sesión poco más tarde, sin dejar de pensar en el coche, le pregunté al Dalai Lama: 
-A veces parece como si toda nuestra cultura, la cultura occidental, se basara en la compra; nos hallamos rodeados, bombardeados por anuncios referidos a los objetos que deberíamos comprar, el último modelo de coche, etcétera. 
Resulta difícil no dejarse influir por eso. Hay muchas cosas que deseamos. Eso no parece detenerse nunca. ¿Puede hablarme un poco sobre el deseo? 
-Creo que hay dos clases de deseo -contestó el Dalai Lama-. 
Ciertos deseos son positivos. El deseo de felicidad, por ejemplo, es algo absolutamente correcto. El deseo de paz, de vivir en un mundo más armonioso, más acogedor. 
Ciertos deseos son muy útiles. 
Pero se llega a un punto en que los deseos pueden ser insensatos. Eso suele producir problemas. Ahora, por ejemplo, voy a veces al supermercado. Realmente, me encanta ir al supermercado, porque hay muchas cosas hermosas. Así que cuando miro todos esos artículos se despierta en mí el deseo y me digo: ".Quiero esto, quiero aquello". Y es entonces cuando surge un segundo impulso y me pregunto: “Pero ¿lo necesito realmente?".
Habitualmente, la respuesta es negativa. Si uno se deja llevar por el primer deseo, por ese impulso inicial, los bolsillos no tardan en quedar vacíos. No obstante, el otro nivel de deseo, basado en las necesidades esenciales de alimento, vestido y cobijo, es razonable.

»A veces, que un deseo sea excesivo, negativo, depende de las circunstancias o de la sociedad en la que se vive«. Por ejemplo, si vives en una sociedad próspera, donde necesitas un coche para desenvolverte en tu vida cotidiana, es evidente que no hay nada erróneo en desearlo. Pero si vivieras en un pueblo pobre de la India, donde te las puedes arreglar bastante bien sin coche, deserlo podría ocasionarte problemas, aunque tuvieras dinero para comprarlo. Puede crear un sentimiento de incomodidad entre tus vecinos, etcétera. Si vives en una sociedad más próspera y 
tienes un coche pero sigues deseando otros más caros, llegarás a tener la misma clase de problemas. 
-Pero -argumenté- no comprendo por qué desear o comprar un coche más caro puede producirle problemas al individuo, siempre y cuando se lo pueda permitir. Tener un coche más caro que los vecinos puede ser un problema para ellos si se sienten celosos, pero , al poseedor le proporcionará una sensación de satisfacción y gozo. 
El Dalai Lama negó con un gesto de la cabeza y replicó con firmeza: 
-No... La satisfacción, por sí sola, no puede determinar si un deseo o acción es positivo o negativo. Un asesino puede experimentar una sensación de satisfacción en el momento de cometer el asesinato, pero eso no justifica su acto. 
Todas las acciones no virtuosas, como mentir, robar, cometer adulterio, etcétera, son realizadas por personas que en ese momento pueden experimentar satisfacción. La frontera entre lo negativo y lo positivo de un deseo o acción no viene determinada por la satisfacción inmediata, sino por los resultados finales, por las consecuencias positivas o negativas. En el caso de desear posesiones más caras, por ejemplo, si eso se basa en una actitud mental que sólo desea más y más, llegarás finalmente al límite de lo que puedes tener, te encontrarás con la realidad. Y una vez que llegues a ese límite te hundirás en la depresión. Ese es uno de los peligros inherentes a semejantes deseos. 
Así pues, creo que estos deseos excesivos conducen a la avaricia, basada en expectativas desmesuradas. Y al reflexionar sobre los excesos de la avaricia, descubrirás que conduce al individuo a la frustración y la desilusión, que le acarrea confusión y numerosos problemas. Cuando se habla de la avaricia, una cosa bastante característica de ella es que, aunque se llega por el deseo de obtener algo, no quedas satisfecho al obtenerlo. En consecuencia, se transforma en algo ilimitado y sin fondo, por lo que proliferan las dificultades. Lo irónico de la avaricia es que aun cuando la motivación fundamental es la búsqueda de la satisfacción, no te sientes satisfecho ni siquiera después de conseguir el objeto de tu deseo. El verdadero antídoto de la avaricia es el contento. Si vives contento, la consecución de bienes pierde importancia.

¿Cómo podemos alcanzar, por tanto, satisfacción interior? Hay dos métodos. Uno de ellos consiste en obtener todo aquello que deseamos y queremos, el dinero, las casas, los coches, la pareja y el cuerpo perfectos. El Dalai Lama ya había señalado la desventaja de este enfoque; si no controlamos nuestros deseos, tarde o temprano nos encontraremos con algo que deseamos pero no podemos tener. El segundo método, mucho más fiable, consiste en querer y apreciar lo que tenemos.

La otra noche veía en la televisión una entrevista con Christopher Reeve, el actor que en 1994 sufrió una caída de caballo que le produjo una lesión en la espina dorsal y lo dejó paralítico de la cintura para abajo, lo que le exige incluso utilizar un método mecánico para respirar. Al preguntársele cómo afrontó la depresión provocada por su discapacidad, Reeve reveló que había pasado por un breve período de completa 
desesperación, mientras se hallaba en la unidad de cuidados intensivos del hospital. Sin embargo, esa desesperación se disipó con relativa rapidez, y ahora se considera sinceramente «un tipo afortunado». Habló de la fortuna que suponía para él tener una esposa y unos hijos cariñosos, y también agradeció los rápidos progresos de la medicina moderna (que, en su opinión, encontrará una cura para las lesiones de la espina dorsal dentro de la próxima década); afirmó que si hubiese sufrido el accidente unos pocos años antes, probablemente habría muerto como consecuencia de sus heridas. Mientras describía el proceso de adaptación a la parálisis, Reeve dijo que a pesar de que su desesperación desapareció con bastante rapidez, al principio se sintió preocupado por accesos intermitentes de celos ante comentarios tan inocentes como «Subo corriendo a la habitación a recoger algo». Al aprender a afrontar estos sentimientos «me di cuenta de que la única actitud válida en la vida es apoyarte en tus recursos, ver qué es lo que puedes hacer aún; en mi caso, afortunadamente, no había sufrido ningún daño cerebral, de modo que aún podía utilizar mi mente». Al dar valor a sus aptitudes, Reeve ha decidido utilizar su mente para educar al público acerca de los daños de la médula espinal y ayudar a los demás; además proyecta escribir y dirigir películas.

VALOR INTERIOR
Ya hemos visto que trabajar en nuestra perspectiva mental es un medio más efectivo para alcanzar la felicidad que buscarla en fuentes externas, como la riqueza, la posición y hasta la salud. Otra fuente interna de felicidad, estrechamente relacionada con un sentimiento de satisfacción, es la conciencia del propio valor. Al describir la base más fiable para desarrollar esa conciencia, el Dalai Lama explicó: 
-En mi caso, por ejemplo, Supongamos que no tuviera capacidad para hacer buenos amigos con facilidad. Sin ella me habría sido muy difícil convertirme en un refugiado una vez que perdí mi país cuando terminó mi autoridad en el Tíbet.
Mientras estaba allí, en virtud del sistema político, la figura del Dalai Lama inspiraba cierto respeto y la gente se relacionaba conmigo en consonancia con ello, al margen de que sintieran verdadero afecto por mí o no. Pero si ésa hubiera sido la única base de mi relación con la gente, las cosas me habrían resultado extremadamente difíciles cuando abandoné mi país. Pero existe otra fuente de valor y dignidad a partir de la cual puede uno relacionarse con otros seres humanos. Puedes relacionarte con ellos porque perteneces a la comunidad humana. Compartes ese 
vínculo con todos. Y ese vínculo es suficiente para crear una conciencia de valor y dignidad y puede convertirse en un consuelo en el caso de que pierdas todo lo demás. 
El Dalai Lama se detuvo un momento para tomar un sorbo de té, y luego sacudió la cabeza antes de añadir:
-Desgraciadamente, al examinar la historia encontramos casos de emperadores o reyes del pasado que perdieron su posición debido a un cataclismo político y se vieron obligados a abandonar el país. Posteriormente, la vida no fue muy benigna con ellos. Creo que la vida resulta muy dura sin ese sentimiento de afecto y conexión con los demás seres 
humanos. 
»En términos generales encontramos dos clases de individuos poderosos. Por un lado está la persona enriquecida y de éxito, rodeada de parientes, etcétera. Si la fuente en la que esa persona alimenta su dignidad y autoestima es únicamente material, quizá pueda mantener una sensación de seguridad mientras dure su buena fortuna. Pero cuando se desvanezca ésta, la persona sufrirá, porque no hay para ella ningún otro refugio. Por otro lado, tenemos a 
la persona que disfruta de un bienestar material similar pero es cálida y afectuosa y abriga sentimientos compasivos. 
Al tener otra fuente para su dignidad, otro anclaje, es probable que no se sienta deprimida si de pronto desaparece su fortuna«. Estos ejemplos nos muestran el valor práctico del calor y el afecto humanos.

FELICIDAD ANTE PLACER
Varios meses después del ciclo de conferencias del Dalai Lama en Arizona, lo visité en su hogar de Dharamsala. Era una tarde de julio particularmente calurosa y húmeda y llegué a su casa empapado en sudor, después de un corto desplazamiento desde el pueblo. Al proceder yo de un clima seco, la humedad de ese día me resultó casi insoportable y mi estado de ánimo no era el más adecuado para sentarme e iniciar nuestra conversación. Él, por su parte, parecía sentirse muy animado. Poco después de iniciada la conversación, abordó el tema del placer. En un momento determinado, hizo una observación crucial: 
-Hay veces en que la gente confunde felicidad con placer. Hace no mucho tiempo, por ejemplo, pronuncié una conferencia ante un público indio en Rajpur. Dije que el propósito de la vida era la felicidad; un miembro del público señaló que Rajneesch enseña que nuestro momento más feliz se produce durante la actividad sexual, de modo que uno debe ser más feliz a través del sexo. -El Dalai Lama se echó a reír cordialmente-. Quería saber qué pensaba yo de esa idea. Le contesté que, desde mi punto de vista, la felicidad más alta se produce al llegar a la fase de liberación, en la que ya no existe más sufrimiento. Eso sí que es felicidad duradera. La auténtica felicidad se relaciona más con la mente que con el corazón. La felicidad que depende principalmente del placer físico es inestable; un día existe y al día siguiente puede haber desaparecido. 
Parecía una observación un tanto perogrullesca (obvia); claro que la felicidad y el placer eran dos cosas diferentes. Sin embargo, los seres humanos tenemos tendencia a confundirlas. Poco después de mi regreso a casa, durante una sesión de terapia con una paciente, me encontré con una demostración concreta de lo eficaz que puede llegar a ser esa sencilla toma de conciencia.

Heather es una joven soltera que trabaja como asesora personal en la zona de Phoenix. Aunque disfrutaba de su trabajo con jóvenes problemáticos, ya hacía algún tiempo que se sentía insatisfecha de vivir, en la zona. Se quejaba a menudo del crecimiento demográfico, el trafico y el calor opresivo del verano. Se le había ofrecido un puesto de trabajo en una hermosa y pequeña ciudad en las montañas. Había visitado la ciudad en numerosas ocasiones y siempre había soñado en instalarse allí. La oferta habría sido irresistible de no mediar un inconveniente: su clientela 
sería gente adulta. Llevaba ya varias semanas tratando de decidirse. Intentó hacer una lista de las ventajas e inconvenientes, pero el resultado fue fastidiosamente equilibrado. -Sé que no disfrutaría del trabajo tanto como aquí -me dijo-, pero eso podría quedar más que compensado por el placer de vivir en ese pueblo. Me encanta estar allí, el simple hecho de estar hace que me sienta bien. Por otro lado, estoy muy harta de este calor. Simplemente, no sé qué 
hacer. 
La palabra «placer» me recordó las palabras del Dalai Lama y, a modo de tanteo, le pregunté: -¿Cree usted que vivir en ese lugar le proporcionaría mayor felicidad o mayor placer? 
Ella permaneció un momento en silencio. 
-No lo sé -contestó finalmente-. Mire, creo que me produciría más placer que felicidad... En realidad, no creo que me sintiera realmente feliz trabajando con esa clientela. Tengo mucha satisfacción al trabajar con adolescentes. 
El simple hecho de volver a plantear su dilema en términos de felicidad o placer pareció proporcionarle mucha claridad. De repente, le resultó mucho más fácil tomar una decisión. Se quedó en Phoenix. Naturalmente, sigue quejándose del calor del verano. Pero el hecho de haber tomado una decisión sobre la base de consideraciones más precisas contribuyó a hacerla más feliz y a que el calor le resultara más soportable. 

Todos los días nos enfrentamos con numerosas alternativas y, por mucho que lo intentemos, a menudo no elegimos lo que es «bueno para nosotros». Ello está relacionado en parte con el hecho de que la «elección correcta» a menudo supone sacrificar nuestro placer. 

Los hombres siempre se han esforzado por tratar de definir el papel del placer en nuestras vidas, y toda una legión de filósofos, teólogos y psicólogos han explorado nuestra relación con él. En el siglo III a. de c., Epicuro basó su sistema ético en la osada afirmación de que «el placer es el principio y el fin de la vida bienaventurada». Pero incluso él reconoció la importancia del sentido común y la moderación al admitir que la entrega desaforada a los placeres 
sensuales podía conducir a veces al dolor. En los últimos años del siglo XIX, Sigmund Freud formuló sus teorías sobre el placer. Según Freud, la fuerza motivadora fundamental de todo el aparato psíquico era el deseo de aliviar la tensión causada por los impulsos instintivos insatisfechos; en otras palabras, nuestra motivación fundamental es la búsqueda 
de placer. En el siglo XX, muchos investigadores han preferido soslayar las especulaciones filosóficas y se han dedicado a hurgar en las regiones cerebrales límbica y del hipotálamo, mediante el uso de electrodos, a la búsqueda del lugar donde se produce placer cuando hay estimulación eléctrica. 

En realidad, ninguno de nosotros necesita de filósofos, psicoanalistas o científicos para que nos ayuden a comprender qué es el placer. Lo sabemos cuando lo sentimos. Lo reconocemos en el contacto o la sonrisa de un ser querido, en el lujo de un baño caliente en una tarde lluviosa y fría, en la belleza de una puesta de sol. Pero muchos de nosotros también experimentamos placer en la frenética rapsodia de la cocaína, en el éxtasis de un «viaje» de heroína, en la 
diversión tumultuosa de una juerga llena de alcohol, en el arrobamiento (éxtasis) de los excesos sexuales, en el entusiasmo de un acierto en el juego. Ésos también son placeres muy reales, con los que muchos de nosotros aprendemos a convivir. 

Aunque no hay formas fáciles de evitar estos placeres destructivos, disponemos afortunadamente de una certeza como punto de partida: el simple hecho de recordar que lo que buscamos en la vida es la felicidad. Tal como señala el Dalai Lama, ése es un hecho incontestable. Si afrontamos la vida teniéndolo en cuenta, nos será más fácil renunciar a las cosas que, en último término, son nocivas, aunque nos proporcionen un placer momentáneo. La razón por la que suele ser tan difícil decir «no» se encuentra en la misma palabra «no», asociada a ideas de rechazo, de renuncia, de negación de nosotros mismos. 
Pero existe un enfoque que puede ayudamos: enmarcar cualquier decisión que afrontemos preguntándonos: «¿Me 
producirá felicidad?». Esa simple pregunta puede ser una poderosa ayuda en todas las circunstancias: no sólo en la decisión sobre consumir drogas o tomar esa tercera ración de pastel de plátanos con crema; contribuye a enfocarlo todo desde un ángulo distinto.
Al afrontar nuestras decisiones cotidianas teniendo esto en cuenta, desplazamos el centro de atención, de aquello a lo que renunciamos a la búsqueda de la felicidad definitiva. Una clase de felicidad que, como definió el Dalai Lama, sea estable y persistente. Un estado de felicidad que permanezca, a pesar de los 
altibajos de la vida y de las fluctuaciones de nuestro estado de ánimo, como parte de la matriz misma de nuestro ser. 

Desde esa perspectiva nos resultará más fácil tomar la «decisión correcta» porque estaremos actuando para dotarnos de algo permanente, con una actitud que supone moverse hacia algo, en lugar de alejarse, que significa abrazar la vida en lugar de rechazarla. Este movimiento hacia la felicidad puede tener un efecto muy profundo: puede hacernos más receptivos, más abiertos a la alegría de vivir.

— Howard C.Cutler. M.D. ; "Dalai Lama: El Arte de la Felicidad" —

viernes, 18 de diciembre de 2015

EL DERECHO A LA FELICIDAD

«CREO QUE EL PROPÓSITO fundamental de nuestra vida es buscar la felicidad. Tanto si se tienen creencias religiosas como si no, si se cree en tal o cual religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Así pues, creo que el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad.»

Con estas palabras, pronunciadas ante numeroso público en Arizona, el Dalai Lama abordó el núcleo de su mensaje.
Pero la afirmación de que el propósito de la vida es la felicidad me planteó una cuestión. Más tarde, cuando nos hallábamos a solas, le pregunté:
-¿Es usted feliz?
-Sí -me contestó y, tras una pausa, añadió-: .Sí..., definitivamente. Había sinceridad en su voz, de eso no cabía duda, una sinceridad que se reflejaba en su expresión y en sus ojos.
-Pero ¿es la felicidad un objetivo razonable para la
mayoría de nosotros? -pregunté-. ¿Es realmente posible alcanzarla?
-Sí. Estoy convencido de que se puede alcanzar
la felicidad mediante el entrenamiento de la mente.

Desde un nivel humano básico, he considerado la felicidad como un objetivo alcanzable, pero como psiquiatra me he sentido obligado por observaciones como las de Freud: «Uno se siente inclinado a pensar que la pretensión de que el hombre sea "feliz" no está incluida en el plan de la “Creación”.
Este tipo de formación había llevado a muchos psiquiatras a la tremenda conclusión de que lo máximo que cabía esperar era la transformación de la desdicha histérica en la infelicidad común. Desde ese punto de vista la afirmación de que existía un camino claramente definido que conducía a la felicidad parecía bastante radical. Al contemplar retrospectivamente mis años de formación psiquiátrica, apenas recordaba haber escuchado mencionar la palabra «felicidad», ni siquiera como objetivo terapéutico. Naturalmente, se habla mucho de aliviar los síntomas de depresión o ansiedad del paciente, de resolver los conflictos internos o los problemas de relación, pero nunca con el objetivo expreso de alcanzar la felicidad.

El concepto de felicidad siempre ha parecido estar mal definido en Occidente, siempre ha sido elusivo e inasible (casi imposible de comprender por ser muy sutil).
«Feliz», en inglés, deriva de la palabra Islandesa happ, que significa suerte o azar. Al parecer, este punto de vista sobre la naturaleza misteriosa de la felicidad está muy extendido., En los momentos de alegría que trae la vida, la felicidad parece llovida del cielo. Para mi mente occidental, no se trataba de algo que se pueda desarrollar y mantener dedicándose simplemente a «formar la mente».

Al plantear esta objeción, el Dalai Lama se apresuró a explicar:
-Al decir «entrenamiento de la mente» en este contexto no me estoy refiriendo a la «mente» simplemente como una capacidad cognitiva o Intelecto. Utilizo el término más bien en el sentido de la palabra tibetana Sem, que tiene un significado mucho más amplio más cercano al de «psique» o «espíritu», y que Incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud de toda nuestra perspectiva y nuestro enfoque de la vida.

»Hablar de esta disciplina interna supone señalar muchos factores y quizá también tengamos que referirnos a muchos métodos. Pero, en términos generales, uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar gradualmente los factores que llevan al sufrimiento mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ése es el camino.

El Dalai Lama afirma haber alcanzado un cierto grado de felicidad personal. Durante la semana que pasó en Arizona observé que la felicidad personal se manifiesta en él como una sencilla voluntad de abrirse a los demás, de crear un clima de afinidad y buena voluntad, incluso en los encuentros de breve duración.
Una mañana, después de pronunciar una conferencia, el Dalai Lama caminaba por un patio exterior, de regreso a su habitación del hotel, acompañado por su séquito habitual. Al ver a una de las camareras ante los ascensores, se detuvo y le preguntó:
-¿De dónde es usted?
Por un momento, la mujer pareció desconcertada ante ese extranjero cubierto por una túnica marrón, y extrañada ante la deferencia (atención} que le demostraba su séquito.
-De México -contestó tímidamente con una sonrisa.
Él habló brevemente con ella y luego continuó su camino, dejando a la mujer con una expresión de entusiasmo y satisfacción en el rostro. A la mañana siguiente, a la misma hora, estaba en el mismo lugar, acompañada por otra camarera. Las dos saludaron cálidamente al Dalai Lama cuando entró en el ascensor. La interacción fue breve, pero las dos mujeres parecieron sonrojarse de felicidad. En los días que siguieron, en el mismo lugar y a la misma hora, se
veía allí a miembros del personal, hasta que, al final de la semana, había docenas de camareras, con sus
almidonados uniformes grises y blancos, formando una fila que se extendía a lo largo del camino que conducía a los ascensores.

Nuestros días están contados. En este momento, muchos miles de seres nacen en el mundo, algunos destinados a vivir sólo unos pocos días o semanas, para luego sucumbir a la enfermedad o cualquier otra desgracia. Otros están destinados a vivir hasta un siglo, incluso más, y a experimentar todo lo que la vida nos puede ofrecer: triunfo, desesperación, alegría, odio y amor. Pero tanto si vivimos un día como un siglo, sigue en vigor la pregunta cardinal:
¿cuál es el propósito de nuestra vida?
«El propósito de nuestra existencia es buscar la felicidad.» Esta afirmación parece dictada por el sentido común, y  muchos pensadores occidentales han estado de acuerdo con ella, desde Aristóteles hasta William James. Pero ¿acaso una vida basada en la búsqueda de la felicidad personal no es, por naturaleza, egoísta e incluso poco juiciosa? No necesariamente. De hecho, muchas investigaciones han demostrado que son las personas desdichadas las que tienden a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e incluso propensas a la enemistad. Las personas felices, por el contrario, son generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de tolerar las frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y compasivas que las personas desdichadas.

Los investigadores han realizado algunos experimentos interesantes que demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda con respecto a los demás. Han podido, por ejemplo, inducir un estado de ánimo alegre en un individuo organizando una situación por la que éste encontraba dinero en una cabina telefónica.
Uno de los experimentadores, totalmente desconocido para el sujeto, pasaba aliado de él y simulaba un pequeño accidente dejando caer los periódicos que llevaba. Los investigadores deseaban saber si el sujeto se detendría para ayudar al extraño.
En otra situación, se elevaba el estado de ánimo de los sujetos mediante la audición de una comedia musical y luego se les acercaba alguien para pedirles dinero. Los investigadores descubrieron que las personas que se sentían felices eran más amables, en contraste con un «grupo de control» de individuos a los que se les presentaba la misma oportunidad de ayudar pero cuyo estado de ánimo no había sido estimulado.

Aunque esta clase de experimentos contradicen la noción de que la búsqueda y el alcance de la felicidad personal conducen al egoísmo y al ensimismamiento, todos podemos llevar a cabo un experimento de esta índole con resultados similares. Supongamos, por ejemplo, que nos encontramos en un atasco de tráfico. Después de veinte minutos de espera, los vehículos empiezan a moverse con lentitud. Vemos entonces a otro coche que nos hace señales para que le permitamos entrar en nuestro carril y situarse delante de nosotros. Si nos sentimos de buen humor, lo más probable es que frenemos y le cedamos el paso. Pero si nos sentimos irritados, nuestra respuesta consiste en acelerar y ocupar rápidamente el hueco. « Yo llevo tanta prisa como los demás.»

Empezamos, pues, con la premisa básica de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Es una visión de ella como un objetivo real, hacia cuya consecución podemos dar pasos positivos. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce beneficios, no sólo para el individuo, sino también para la familia de éste y para el conjunto de la sociedad.

— Howard C.Cutler. M.D.; "El Arte de la Felicidad" —

miércoles, 16 de diciembre de 2015

¿Qué hemos comprendido cuando dejamos la escuela?

19. Cuando hemos crecido y dejamos la escuela después de haber recibido una así llamada educación, tenemos
que afrontar innumerables problemas. ¿Qué profesión vamos a elegir a fin de que en ella podamos realizamos
y ser felices? ¿En qué vocación o trabajo sentiremos que no estamos explotando a otros, que no somos crueles
con ellos? Tenemos que comprender el hambre, la superpoblación, el sexo, la pena, el placer. Tenemos que
habémoslas con las múltiples cosas confusas y contradictorias de la vida: las riñas entre hombre y hombre, entre el hombre y la mujer, los conflictos internos y las luchas externas. Tenemos que comprender la ambición, la guerra, el espíritu militar; y es mucho más esencial que comprendamos esa cosa extraordinaria llamada paz.

Tenemos que comprender el significado de la religión -la cual no es una mera especulación o la adoración de
imágenes- y también esa cosa muy extraña y compleja llamada amor. Tenemos que ser sensibles a la belleza
de la vida, al pájaro que vuela, y también al mendigo, a la escualidez del pobre, a las feísimas construcciones
que la gente levanta, a las sucias calles y al templo más sucio aún. Tenemos que afrontar todos estos problemas. Y tenemos que enfrentamos con la cuestión de a quién seguir o no seguir y si debemos seguir a alguien en absoluto.

La mayoría de nosotros se interesa en producir un cambio aquí y allá, y con eso se satisface. Cuanto más
avanzamos en edad, tanto menos queremos cualquier cambio profundo, fundamental, porque tenemos miedo.
No pensamos en los términos de una transformación total, sólo pensamos en términos de un cambio superficial; y si uno lo examina encontrará que el cambio superficial no es cambio en absoluto. No es una
revolución radical, sino solamente una continuación modificada de lo que ha sido. Todas estas cosas tienen
ustedes que afrontar, desde su propia felicidad y desdicha hasta la felicidad y desdicha de la mayoría, desde sus propias ambiciones y búsquedas egocéntricas a las ambiciones, motivaciones y búsquedas de los demás.

Tienen que afrontar la competencia, la corrupción en sí mismos y en otros, el deterioro de la mente, la vacuidad
del corazón. Tienen que conocer todo esto, tienen que afrontarlo y comprenderlo por sí mismos. Pero, por
desgracia, no están preparados para ello.

¿Qué hemos comprendido cuando dejamos la escuela? Podremos haber recogido unos pocos conocimientos, pero somos tan torpes, vacíos y superficiales como cuando llegamos. Nuestros estudios, nuestra asistencia a la escuela, nuestros contactos con los maestros no nos han ayudado a comprender estos problemas tan complejos de la vida. Los maestros son tediosos y nosotros nos volvemos tan tediosos como ellos. Ellos sienten temor y nosotros sentimos temor. Es tanto responsabilidad nuestra como de los maestros ver que salgamos de aquí para entrar en el mundo con madurez, con profundidad en el pensar, sin temor y, por lo tanto, con capacidad para afrontar la vida inteligentemente.

Ahora bien, parece muy importante encontrar una respuesta a todos estos problemas tan complejos; pero no hay respuesta. Todo cuanto podemos hacer es afrontar estos problemas inteligentemente a medida que
surgen. Por favor, comprendan esto. Instintivamente, ustedes desean una respuesta, ¿verdad? Piensan que
leyendo libros, siguiendo a alguien, encontrarán respuestas a todos estos problemas tan complejos y sutiles problemas de la vida. Encontrarán creencias, teorías, pero ésas no serán respuestas, porque estos problemas han sido creados por seres humanos como ustedes. La espantosa insensibilidad, el hambre, la crueldad, la fealdad, la escualidez, todo esto ha sido creado por los seres humanos; y para dar origen a una transformación fundamental tienen que comprender la mente y el corazón humanos, que son la mente y el corazón de cada  uno de ustedes. Buscar meramente una respuesta en un libro o identificarse con algún sistema político o económico, por mucho que pueda prometer, o practicar algún absurdo religioso con todas sus supersticiones o seguir a un gurú, ninguna de estas cosas les ayudará a comprender estos problemas humanos, porque son creados por ustedes y por otros como ustedes. Para comprenderlos tienen que comprenderse a sí mismos, comprenderse tal como viven de instante en instante, de día en día, de año en año; y para esto necesitan inteligencia, muchísimo discernimiento, paciencia, amor.

Tenemos, pues, que averiguar qué es la inteligencia, ¿no es así? Todos usan esa palabra con mucha prodigalidad; pero hablar meramente de la inteligencia no les hará inteligentes. Los políticos repiten todo el tiempo palabras como "inteligencia", "integración", "una nueva cultura", "un mundo unido", pero son meras palabras que significan muy poco. Así que no usen palabras sin comprender realmente todo lo que implican.

Estamos tratando de averiguar qué es la inteligencia, no meramente su definición, que podemos encontrar en
cualquier diccionario, sino que trataremos de conocer, de sentir, de comprender qué es la inteligencia, porque si
tenemos esa inteligencia, ella nos ayudará a cada uno de nosotros, a medida que vayamos creciendo, a tratar
con los enormes problemas de nuestra vida. Y sin esa inteligencia, por mucho que leamos, estudiemos,
acumulemos conocimiento, reformemos produciendo pequeños cambios aquí y allá en el patrón de la sociedad,
no podrá haber verdaderamente transformación ni una felicidad perdurable.

Y bien, ¿qué significa la inteligencia? Voy a averiguar qué significa. Tal vez ello resulte difícil para algunos de ustedes, pero no se preocupen mucho tratando de seguir las palabras; en vez de eso, procuren percibir el
contenido de aquello a que me estoy refiriendo. Traten de percibir la cosa, la cualidad de la inteligencia. Si la
perciben ahora, entonces, a medida que crezcan, verán más y más claramente la significación de lo que he
estado diciendo.

La mayoría de nosotros piensa que la inteligencia es el resultado de adquirir conocimientos, información,
experiencia. Pensamos que, teniendo mucho conocimiento y experiencia, seremos capaces de afrontar inteligentemente la vida. Pero la vida es una cosa extraordinaria, jamás está fija; como el río, fluye
constantemente, nunca está quieta. Pensamos que acumulando más experiencia, más conocimiento, más
virtud, más salud, más posesiones, seremos inteligentes. Por eso respetamos a las personas que han
acumulado conocimientos, los eruditos, y también a las personas ricas y llenas de experiencia. Pero la
inteligencia, ¿es el resultado del "más"? ¿Qué hay detrás de este proceso de tener más, de desear más? Al
desear más, lo que nos interesa es acumular, ¿no es así?
Ahora bien, ¿qué sucede cuando hemos acumulado conocimiento, experiencia? Cualquier experiencia
ulterior que podamos tener es traducida inmediatamente a términos del "más", y nunca estamos experimentando realmente, siempre estamos acumulando; y esta acumulación es el proceso de la mente, que es el centro del "más". El "más" es el "yo", el ego, la entidad encerrada en sí misma que sólo se interesa en acumular, ya sea negativamente o positivamente. De ese modo, con su experiencia acumulada, la mente afronta la vida. Al afrontar la vida con esta acumulación de experiencias, la mente está siempre buscando el "más", por lo que nunca experimenta, sólo acumula. Mientras la mente sea un mero instrumento del acumular, no hay verdadera experimentación. ¿Cómo puede uno estar abierto a la experiencia, cuando siempre está pensando en obtener algo de esa experiencia, en adquirir algo más?

Por lo tanto, el hombre que acumula, que guarda, el hombre que desea jamás está experimentando
frescamente la vida. Sólo cuando la mente no se interesa en el "más ", en acumular, tiene posibilidad de ser
inteligente. Cuando lo que le interesa es el "más", cada nueva experiencia fortalece el muro del encierro en uno
mismo, fortalece el "yo", el proceso egocéntrico que es el núcleo de todos los conflictos. Por favor, sigan esto.
Ustedes piensan que la experiencia libera a la mente, pero no lo hace. En tanto la mente se interesa en la
acumulación, en el "más", cada experiencia que tenemos refuerza nuestro interés propio, nuestro proceso
egocéntrico de pensamiento.

La inteligencia sólo es posible cuando hay verdadera libertad con respecto al sí mismo, al "yo", o sea, cuando
la mente ya no está presa en el deseo de una experiencia más grande, más amplia, más expansivo. La inteligencia es libertad respecto de la presión del tiempo, ¿no es así? Porque el "más" implica tiempo, y en tanto la mente sea el centro de la exigencia del "más", la mente es el resultado del tiempo. Por consiguiente, cultivar el "más" es negar la inteligencia. La comprensión de todo este proceso es conocimiento propio.

Cuando, sin que haya un centro acumulativo, uno se conoce a sí mismo tal como es, de ese conocimiento
propio surge la inteligencia que puede afrontar la vida; esa inteligencia es creativa.

Miren su propia vida, qué torpe, qué estúpida, qué estrecha es porque ustedes no son creativos. Cuando
sean mayores tal vez tengan hijos, pero eso no es ser creativo. Puede que sean burócratas, pero en eso no
hay vitalidad, ¿no es así?, es una rutina muerta, un completo aburrimiento. La vida de ustedes está cercada
por el miedo y, en consecuencia, hay autoridad e imitación. No saben qué es ser creativo. Por creatividad no entiendo pintar cuadros, escribir poemas o tener habilidad para cantar. Me refiero a la naturaleza más profunda de la creatividad que, una vez descubierta, es una fuente eterna, una corriente inmortal; y sólo puede darse con ella por conducto de la inteligencia. Esa fuente es lo intemporal; pero la mente no puede dar con lo intemporal en tanto exista el centro del "yo", de la personalidad egocéntrico, de la entidad que está perpetuamente requiriendo el "más".

Cuando comprendan todo esto, no sólo verbalmente sino muy a fondo, encontrarán que con la inteligencia
despierta llega una creatividad que es la realidad misma, que es Dios, sobre la cual no puede especularse ni
cavilarse. Jamás darán con ella mediante sus prácticas de meditación, mediante sus rezos por el "más" o sus escapes del "más". Esa realidad podrá llegar a existir sólo cuando comprendan el estado de su propia mente,
la malicia, la envidia, las complejas reacciones a medida que surgen de instante en instante, cada día.

En la comprensión de estas cosas adviene un estado que puede ser llamado amor.
Ese amor es inteligencia y trae consigo una creatividad que es intemporal.
 
  
 
Interlocutor: La sociedad se basa en nuestra dependencia mutua. El médico tiene que depender del granjero y
el granjero del médico. ¿Cómo puede un hombre ser por completo independiente?

K.: La vida es relación. Aun el sanyasi está relacionado; podrá renunciar al mundo, pero sigue estando relacionado con el mundo. No podemos escapar de la relación. Para la mayoría de nosotros, la relación es una
fuente de conflicto; en la relación hay temor porque dependemos psicológicamente de otro, ya sea del marido, de la esposa, del padre o de un amigo. La relación existe no sólo entre uno mismo y el padre, entre uno mismo y el hijo, sino también entre uno mismo y el maestro, el cocinero, el sirviente, el gobernador, el comandante y toda la sociedad; y en tanto no comprendamos esta relación, no estaremos libres de la dependencia psicológica que genera miedo y explotación. La libertad llega sólo con la inteligencia. Sin inteligencia, el mero buscar independencia o libertad respecto de la relación es perseguir ilusiones.
Lo importante, pues, es comprender nuestra dependencia psicológica en la relación. Cuando revelamos las cosas ocultas de nuestra mente y de nuestro corazón, comprendiendo nuestra propia soledad, nuestro vacío,
como estamos libres, libres no de nuestra relación sino de la dependencia psicológica que ocasiona conflicto,
desdicha, pena, temor.
 
 
Interlocutor: ¿Por qué es desagradable la verdad?
 
K.: Si pienso que soy muy hermoso y tú me dices que no lo soy, lo cual puede ser cierto, ¿me agrada eso? Si
pienso que soy muy inteligente, muy ingenioso, y tú señalas que en realidad soy una persona más bien tonta,
eso es muy desagradable para mí. Y la acción de señalar mi estupidez, a ti te provoca un sentimiento de placer, ¿verdad? Halaga tu vanidad, muestra lo inteligente que tú eres. Pero no deseas mirar tu propia estupidez; quieres escapar de lo que eres, quieres ocultarte de ti mismo, quieres tapar tu propia estupidez, tu propia soledad. Entonces buscas amigos que nunca te digan lo que eres. Deseas mostrar a otros lo que ellos son, pero cuando los otros te muestran lo que tú eres, eso no te agrada. Evitas aquello que expone tu propia naturaleza interna.
 
  
Interlocutor: Hasta ahora nuestros maestros han estado muy seguros y nos han enseñado del modo habitual;
pero después de escuchar lo que se ha dicho aquí y después de tomar parte en las discusiones, se han vuelto
muy inseguros. Un estudiante inteligente sabrá cómo conducirse en estas circunstancias, pero ¿qué harán
aquellos que no son inteligentes?

K.:¿Acerca de qué están inseguros los maestros? No acerca de lo que enseñan, puesto que pueden seguir
adelante con las matemáticas, la geografía, el habitual plan de estudios. No es de eso de lo que están inseguros. Están inseguros acerca de cómo tratar con el estudiante, ¿no es así? Están inseguros en su relación con el estudiante. Hasta hace muy poco, jamás se preocupaban de su relación con el estudiante, sólo venían a la clase, enseñaban y se iban. Pero ahora les preocupa que puedan estar creando temor al ejercitar su autoridad para hacer que el estudiante les obedezca. Les preocupa saber si están reprimiendo al estudiante o si estimulan su iniciativa y lo ayudan a encontrar su verdadera vocación. Naturalmente, todo esto ha hecho que se sientan inseguros. Pero por cierto, tanto el maestro como el estudiante tienen que sentirse seguros; también tienen que investigar, explorar. Ése es todo el proceso de la vida desde el principio al fin, ¿no es así?
No detenerse en cierto punto y decir: "Yo sé".
Un hombre inteligente jamás se halla estático, jamás dice: "Yo sé". Está siempre investigando, dudando,
mirando, explorando, descubriendo. En el instante en que dice "yo sé", ya está muerto. Y casi todos nosotros,
jóvenes o viejos, a causa de la tradición, de las compulsiones, del temor, a causa de la burocracia y los
absurdos de nuestra religión, estamos más bien muertos, carecemos de vitalidad, de vigor, de confianza en
nosotros mismos. De modo que el maestro ha de investigar y descubrir por sí mismo sus propias tendencias burocráticas y así dejará de embotar la mente de otros; y ése es un proceso muy difícil. Requiere una gran dosis de paciente comprensión.

Por lo tanto, el estudiante inteligente ha de ayudar al maestro y el maestro ha de ayudar al estudiante; y
ambos han de ayudar al niño o a la niña lerdos y poco inteligentes.
Eso es la relación. Ciertamente, cuando el maestro mismo se siente inseguro e investiga, es más tolerante,
más vacilante, más paciente y afectuoso con el estudiante lerdo, cuya inteligencia de ese modo puede ser
despertado.
  
  
Interlocutor: El granjero tiene que confiar en el médico para la cura de un dolor físico. ¿También ésta es una
relación dependiente?

K.: Como hemos visto, si psicológicamente dependo de ti, mi relación contigo se basa en el temor; y en tanto haya temor no hay independencia en la relación. El problema de liberar a la mente del temor es sumamente complejo.
Miren, lo importante no es lo que uno dice en respuesta a todas estas preguntas, sino que ustedes descubran
por sí mismos la verdad al respecto mediante una constante investigación, lo cual implica no quedar presos en ninguna creencia, en ningún sistema de pensamiento. Es la constante investigación la que crea iniciativa y abre
paso a la inteligencia. Estar meramente satisfechos con una respuesta embota la mente. Entonces, es esencial
que no acepten, que inquieran de manera constante y empiecen a descubrir por sí mismos todo el significado
de la vida.

Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir" —

martes, 15 de diciembre de 2015

Y CUANDO EXAMINAMOS ESTAS CREENCIAS —RELIGIONES— ENCONTRAMOS QUE DIVIDEN A LA GENTE

18. Mientras somos muy jóvenes, tal vez a muy pocos de nosotros nos afectan grandemente los conflictos de la vida, las preocupaciones, las alegrías pasajeras, los desastres físicos, el miedo a la muerte y las deformaciones mentales que agobian a la generación más vieja. Por fortuna, mientras somos jóvenes la mayoría de nosotros no se encuentra todavía en el campo de batalla de la existencia. Pero a medida que crecemos, los problemas, las desdichas, las dudas, las luchas económicas y también las internas empiezan todas a abrumamos y entonces queremos descubrir el significado de la vida, qué es la vida en todas partes.

Nos preguntamos acerca de los conflictos, los sufrimientos, la pobreza, los desastres. Queremos saber por qué ciertas personas están en buena posición y otras no, por qué un ser humano es sano, inteligente, capaz, talentoso, mientras que otro no lo es. Y si se nos satisface fácilmente, pronto quedamos presos en alguna hipótesis, en alguna teoría o creencia; encontramos una respuesta, pero jamás es la respuesta verdadera. Nos damos cuenta de que la vida es fea, penosa, dolorosa, y empezamos a investigar; pero al no tener suficiente confianza en nosotros mismos, suficiente vigor, inteligencia, inocencia para proseguir con la investigación, pronto somos atrapados en teorías, en creencias, en alguna clase de especulación o doctrina que explica de manera satisfactoria todo esto. Poco a poco, nuestras creencias y nuestros dogmas arraigan profundamente y se hacen inconmovibles, porque tras ellos hay un constante temor a lo desconocido. Jamás miramos ese temor; nos alejamos de él buscando refugio en nuestras creencias. Y cuando examinamos estas creencias -hindú, budista, cristiana- encontramos que dividen a la gente. Cada conjunto de dogmas y creencias contiene una serie de rituales, una serie de
compulsiones que atan la mente y separan al hombre del hombre.

Empezamos, pues, con una investigación para descubrir qué es verdadero, cuál es el significado de toda esta desdicha, esta lucha, esta pena, y terminarnos en un conjunto de creencias, dogmas, rituales, teorías. No tenemos confianza en nosotros mismos, ni en el vigor ni en la inocencia para desechar la creencia e investigar; por lo tanto, la creencia comienza a actuar como un factor de deterioro en nuestras vidas.
La creencia corrompe, porque detrás de la creencia y de la moralidad idealista, acecha el "sí mismo", el "yo",
el "yo" que está creciendo constantemente, volviéndose cada vez más grande, más poderoso. Pensamos que la creencia en Dios es religión; consideramos que creer es ser religioso. Si ustedes no creyeran serían vistos como ateos y condenados por la sociedad. Una sociedad condena a aquellos que no creen en Dios y otra sociedad condena a los que creen. Ambas son la misma cosa.

La religión se vuelve así una cuestión de creencia, y la creencia actúa como una limitación sobre la mente; y
entonces la mente jamás es libre. Pero es sólo en libertad y no gracias a creencia alguna como podemos
descubrir lo que es verdadero; lo que es Dios; porque nuestra creencia proyecta lo que pensamos que Dios
debe ser, lo que pensamos que debe ser verdadero. Si creemos que Dios es amor, que Dios es bueno, que
Dios es esto o aquello, esa creencia misma nos impide comprender qué es Dios, qué es verdadero. Pero ya ven, ustedes quieren olvidarse de sí mismos en una creencia, quieren sacrificarse a sí mismos, quieren emular a otro; desean abandonar esta permanente lucha que se desarrolla dentro de ustedes y perseguir la virtud.

Nuestra vida es una lucha constante en la que hay dolor, sufrimiento, ambición, placer efímero, dicha que
viene y se va; de modo que la mente desea algo inmenso para aferrarse a ello, algo que está más allá de ella misma y con lo cual pueda identificarse. A ese algo lo llama Dios, verdad, y se identifica con ello mediante la creencia, mediante la convicción y la racionalización, mediante diversas formas de disciplina y de moralidad idealista. Pero ese algo inmenso creado por la especulación sigue siendo parte del "yo", es proyectado por la mente, en su deseo de escapar del tumulto de la vida.
Nos identificamos con un país en particular: India, Inglaterra, Alemania, Rusia, América. Ustedes piensan en sí mismos como hindúes. ¿Por qué? ¿Por qué se identifican con la India? ¿Lo han considerado alguna vez, yendo detrás de las palabras en que se hallan presas sus mentes? Viviendo en una ciudad o en un pueblo pequeño, llevando una vida desdichada con sus luchas y sus disputas familiares, estando insatisfechos, descontentos, sintiéndose infelices, se identifican con un país llamado India. Esto les da un sentimiento de vastedad, de importancia, una satisfacción psicológica, de modo que dicen: "Soy indio"; y por esto están dispuestos a matar, a morir o a ser mutilados.

Del mismo modo, porque son muy triviales y están en constante batalla consigo mismos y con otros, porque
están confundidos y se sienten desdichados, inseguros, porque saben que existe la muerte, se identifican con algo más allá, algo inmenso, significativo, pleno de sentido, a lo que llaman Dios. Esta identificación con lo que llaman Dios les da una sensación de enorme importancia y se sienten felices. Así, el identificarse con algo inmenso es un proceso autoexpansivo, sigue siendo el esfuerzo del "sí mismo", del yo.

La religión, tal como generalmente la conocemos, es una serie de creencias, dogmas, rituales, supersticiones; es la adoración de los ídolos, de hechiceros y gurúes, y pensamos que todo esto nos conducirá a alguna meta suprema. La meta suprema es nuestra propia proyección, es lo que deseamos, lo que pensamos que nos hará felices, una garantía de un estado exento de muerte. Presa en este deseo de certidumbre, la mente crea una religión de dogmas, de prácticas sacerdotales, de supersticiones y veneración de ídolos; y ahí se estanca. ¿Es religión eso? ¿Es la religión una cuestión de creer, de aceptar o conocer las experiencias y afirmaciones de otras personas? ¿Es meramente la práctica de la moralidad? ¿Saben?, es relativamente fácil ser moral, hacer esto y no hacer aquello. Uno puede imitar meramente un sistema moral. Pero detrás de una moralidad semejante acecha el agresivo yo, creciendo, expandiéndose, dominando. ¿Es religión eso?

Ustedes tienen que descubrir qué es la verdad, porque eso es lo que realmente importa, no si son ricos o
pobres o si están felizmente casados y tienen hijos, porque todas estas cosas tocan a su fin, y siempre está la muerte. Por lo tanto, sin ninguna forma de creencia, tienen ustedes que tener el vigor, la confianza propia, la iniciativa para descubrir por sí mismos qué es la verdad, qué es Dios. La creencia no libera a sus mentes, la creencia tan sólo corrompe, ata, oscurece. La mente puede liberarse sólo mediante su propio vigor y la confianza en sí misma.

Ciertamente, una de las ficciones de la educación es crear individuos que no estén atados por ninguna forma de creencia, por ningún patrón de moralidad o respetabilidad. Es el "yo" el que busca volverse meramente moral, respetable. El individuo auténticamente religioso es el que descubre, el que experimenta directamente lo que es Dios, lo que es la verdad. Esa experiencia directa nunca es posible a través de ninguna forma de creencia, de ningún ritual, de ningún seguimiento o veneración de otro. La mente verdaderamente religiosa está libre de todos los gurúes. Cada uno de ustedes, como individuo, a medida que crezca y viva su vida, podrá descubrir la verdad de instante en instante y, en consecuencia, podrá ser libre.
La mayoría de la gente piensa que estar libre de las cosas materiales del mundo es el primer paso hacia la
religión. No lo es. Ésa es una de las cosas más fáciles de hacer. El primer paso es estar libre para pensar de
manera plena, completa e independiente, lo cual implica no estar atado por ninguna creencia ni agobiado por las circunstancias, por el medio, de manera que uno sea un ser humano integrado, capaz, vigoroso y confiado en sí mismo. Sólo entonces puede nuestra mente, estando libre, libre de prejuicios, de condicionamientos, descubrir lo que es Dios. Ciertamente, ése es el propósito básico por el cual debe existir cualquier centro educativo: ayudar a cada individuo que llega allí a estar libre para descubrir la realidad. Esto significa no seguir ningún sistema, no aferrarse a ninguna creencia o ritual y no venerar a ningún gurú. El individuo tiene que despertar su inteligencia, no mediante alguna forma de disciplina, resistencia, compulsión o coacción, sino gracias a la libertad. Es sólo gracias a la inteligencia nacida de la libertad, como el individuo puede descubrir aquello que está más allá de la mente. Esa inmensidad, lo innominable, lo ilimitado, aquello que no puede ser
medido por las palabras y en lo cual existe el amor que no es de la mente, debe ser experimentada de manera directa. La mente no puede concebirla; por lo tanto, la mente tiene que estar muy quieta, asombrosamente silenciosa, sin la exigencia de ningún deseo. Sólo entonces es posible que revele su existencia aquello que puede ser llamado Dios o la realidad.

Interlocutor: ¿Qué es la obediencia? ¿Debemos obedecer una orden aun cuando no la comprendamos?

K.: ¿Acaso no es eso lo que hace la mayoría de nosotros?
Los padres, los maestros, los mayores dicen: "Haz esto". Lo dicen cortésmente o a palos, y porque tenemos miedo, obedecemos. Es también lo que nos hacen los gobiernos, los militares. Desde la infancia se nos educa para obedecer, sin que sepamos nada al respecto. Cuanto más autoritarios son nuestros padres y más tiránico el gobierno, tanto más nos compelen, nos moldean desde nuestros primeros años; y sin comprender por qué debemos hacer lo que nos dicen que hagamos, obedecemos. También se nos dice qué es lo que debemos pensar. Nuestras mentes son purgadas de todo pensamiento que no sea aprobado por el estado, por las autoridades locales. Jamás se nos enseña ni se nos ayuda a pensar, a descubrir, sino que se nos exigeobedecer. El sacerdote nos dice que es así, y nuestro propio miedo interno nos obliga a obedecer, porque de locontrario nos confundiremos, nos sentiremos perdidos.
De modo que obedecemos porque somos muy irreflexivos. No queremos pensar porque el pensar es
perturbador; para pensar tenemos que cuestionar, que inquirir, que descubrir por nosotros mismos. Y los
adultos no quieren que inquiramos, no tienen la paciencia de escuchar nuestras preguntas. Están demasiadoocupados con sus propias disputas, con sus ambiciones y sus prejuicios, con sus debo y no debo de lamoralidad y la respetabilidad; y nosotros, que somos jóvenes, tenemos miedo de equivocamos porque tambiénqueremos ser respetables. ¿Acaso no deseamos todos vestir el mismo tipo de ropas, lucir igual? No queremoshacer nada diferente, no queremos pensar independientemente, distinguirnos, porque eso es muy perturbador;así que nos unimos al grupo.
Cualquiera que sea nuestra edad, casi todos obedecemos, copiamos, porque internamente tenemos miedode sentirnos inseguros. Queremos certidumbre, tanto financiera como moral; queremos que se nos apruebe.
Deseamos hallarnos en una posición segura, rodeados de una valla y sin tener que enfrentarnos jamás con el
infortunio, la pena, el sufrimiento. Es el miedo, consciente o inconsciente, el que nos hace obedecer al jefe, allíder, al sacerdote, el gobierno. Es el miedo a ser castigados el que nos impide hacer algo dañino para losdemás. Por lo tanto, detrás de todas nuestras acciones, de nuestra codicia y nuestras búsquedas, está alacecho este deseo de certidumbre, este deseo de hallarnos a salvo, asegurados. Si no estamos libres delmiedo, la mera obediencia significa muy poco. Lo que tiene significación es que estemos atentos a este miedo de día en día, que observemos cómo se manifiesta de diferentes maneras.

Sólo cuando estamos libres del miedo puede existir esa cualidad interna de la comprensión, ese estado único en el que no hay acumulación de conocimientos ni de experiencias.

— Jiddu Krishnamurti; "El Arte de Vivir" —