La pereza, la duda y el miedo son los grandes enemigos de las decisiones. Me refiero a enemigos ocultos.
Los enemigos abiertos, como son el egoísmo, el orgullo, la envidia y la avaricia., también son enemigos temibles, pero al atacar en campo abierto se ven enseguida y se combaten directo. Los enemigos ocultos son más peligrosos, porque se acercan sin ser vistos y atacan en la oscuridad. Se infiltran en nuestras defensas y llegan sin sentir a lo más escondido del cuartel general donde se fraguan los actos humanos. El acto de decidirse es el más noble y profundo de todos los actos del hombre, la definición misma de la persona y la expresión última de su dignidad. Y precisamente porque es noble y profundo y define a la persona y constituye su dignidad, es difícil y penosa y lleva a la lucha y al peligro. Por eso nuestra primera reacción instintiva al enfrentarnos con una decisión es tratar de evitarla, disimularla, posponerla.
Más decisiones se toman en este mundo por no tomarlas (que ya es una decisión) que por tomarlas, por inacción que por acción, por dejar que las cosas sigan su curso que por intervenir directamente para cambiarlo; y esas decisiones en vacío son, de ordinario, las que menos conducen al fin deseado. La no-decisión es la peor de las decisiones. La inercia volitiva es enfermedad mortal.
Mis alumnos de la universidad me hacen miles de veces la pregunta: ¿Cuál es el último día para...? Y yo tengo por costumbre contestarles: ¿No podríais, para variar preguntar alguna vez cuál es el primer día para...? Todos son de la cofradía del último día. El último día para presentarse, para entregar una instancia, para matricularse en un curso.
Si puedes retrasarlo, retrásalo. No hagas hoy lo que puedes hacer mañana. Aún hay tiempo, aún quedan días, aún no se ha movido nadie. Mientras tanto, los días pasan, el calendario resbala, y la fecha tope salta de repente ante los ojos.
¡Mañana es el último día! La palabra mágica, el requerimiento judicial, el juicio final. Y con ello vienen las prisas, las carreras, los achuchones... y la decisión equivocada.
Cada decisión tiene su hora, su amanecer, su puesto en las estrellas, y hay que averiguarlo, respetarlo, obedecerlo. No se puede violar impunemente el ritmo de la vida.
Retrasamos las decisiones porque nos cuesta tomarlas. Por la misma razón evitamos tomarlas y, en cuanto nos es posible, nos sacudimos la carga y le encajamos a otro la responsabilidad de tomarlas.
Estamos en una reunión de grupo en la que ha de tomarse una decisión en común. Se ha explicado el asunto, se ha dado plena información, se han agotado las razones a favor y en contra, y por fin el que preside hace al grupo la pregunta directa: En consecuencia, ¿qué hemos de hacer?
En aquel instante desciende el silencio sobre el grupo. Los rostros se endurecen, las miradas se fijan en el suelo, y el grupo queda inmóvil, casi sin respiración, en una agonía colectiva. Nadie quiere ser el primero en hablar, nadie quiere definirse, nadie quiere arriesgarse a proclamar abiertamente una elección clara y personal.
Después de que dos o tres hayan hablado será más fácil apoyarse en alguno, sumarse a su opinión, seguir la corriente que se vaya formando, o incluso oponerse a alguno y proponer otra alternativa. Se nos hace más fácil funcionar con un arrimo, con algo o alguien en que apoyarnos, en grupo, en compañía. La decisión personal e independiente no es fácil de tomar ni de expresar. La intimidad de la persona tiende a ocultarse en el anonimato del grupo. Nos cuesta decidirnos porque nos cuesta definirnos.
Miedo a comprometerse, miedo a definirse, miedo a equivocarse, miedo a dar la cara, miedo a tener que actuar, miedo a cerrarse opciones, miedo a ser uno mismo. El miedo ciega los canales del discernimiento, inmoviliza el mecanismo de las decisiones. Bajo la influencia del miedo, la mirada, el pulso, el equilibrio dejan de ser lo que deberían ser y de obrar como deberían obrar. El ambiente se turba y la elección se frustra. Quizá la facultad más importante para elegir bien sea el valor, y quizá nuestras decisiones no sean tan felices porque nos falta valor al tomarlas. Valor para entregarse a una causa, valor para equivocarse (que es la mejor garantía de no equivocarse), valor para escoger, valor para vivir. El miedo paraliza el alma. Y al contrario, el valor de escoger con decisión y claridad es lo que marca al hombre como tal y le da su dignidad y su personalidad. No hay mejor escuela para hacerse hombre que el saber escoger.
— Carlos G. Valles—
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